En 1963, el Zoológico del Bronx colocó un espejo tras
unos barrotes y lo llamó
«El animal más peligroso del mundo».
Se puede vaciar un espacio y no
renunciar a nada, del mismo modo en que se puede llenar por completo sin haber
cedido a ningún exceso. La sospecha que conviene sostener es que ambas
certezas, la del despojo y la de la abundancia, suelen confundirse con su
contrario cuando dejan de interpretarse conscientemente. Un vacío puede ser la
prueba de una determinación sostenida, o puede ser simplemente el resultado de
haber dejado de ensayar posibilidades, de haber abandonado sin más la
contingencia de que hubiera algo que decidir. Lo mismo ocurre en sentido
inverso. La diferencia no aparece en lo instantáneo. Aparece, sin duda, en si
hubo un momento en que algo tuvo la valentía de detenerse o tuvo efectivamente más
recorrido.
Loos escribió que el ornamento se
convierte en delito cuando deja de responder a una necesidad viva y se
transforma en hábito ciego, en una repetición que ya no recuerda su propio
origen. La idea es más generosa de lo que su propio autor llegó a explotar,
porque el mismo destino amenaza a la ausencia de ornamento en cuanto se adopta
por costumbre y no por convicción. El vacío impuesto por reflejo y la
abundancia heredada sin examen comparten un defecto disfrazado de opuestos.
Ambos evitan la pregunta incómoda de si lo que permanece, mucho o poco,
responde todavía a algún criterio capaz de justificarse.
Ahí se abre algo que no suele
mirarse de frente. Si la austeridad puede fingirse tan fácilmente como la
abundancia, entonces el problema nunca estuvo en la cantidad sino en otra
parte, en un lugar que la palabra misma, cargada de connotaciones, no llega a
nombrar con precisión. Puede ser austero un espacio entero lleno de un único
gesto insistido hasta la obstinación. Puede ser pródigo un vaciado completo
cuando responde a la pereza de decidir qué merece quedarse. Lo que separa una
forma de la otra no es la cantidad de materia sino la fidelidad a una sola
apuesta, sostenida contra la tentación constante de diluirla en la variedad
para no tener que responder por ella.
Esa fidelidad tiene un precio que
el resultado nunca cuenta por sí solo. Se percibe en algo más difícil de ver,
en cuántos otros caminos fueron probados y abandonados antes de que uno solo
mereciera desarrollarse. Cuanto más se insiste en una idea, más debe cargar esa
idea con todo lo que pudo haber sido y no fue, y ese peso, aunque invisible, es
lo único que separa una forma fiel de una forma simplemente improcedente. Sin ese
compromiso, la escasez es sólo pobreza bien iluminada, y la abundancia es sólo
ruido bien financiado.
Quizá la auténtica austeridad
nunca resida donde se la busca, ni en lo que falta ni en lo que sobra, sino en
el impreciso instante en que una decisión deja de necesitar disculparse por
haber elegido ajustarse. Esa ausencia, la de la disculpa, es la única que de
verdad merece llamarse auténtica. Todo lo demás, lo que se ve o no se ve en la
superficie, es sólo la consecuencia tardía de haberla alcanzado o de haber
renunciado a buscarla.

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