Juhani Pallasmaa (Kristian Runeberg)
El miedo a equivocarse no
protege. Atrofia. Se disfraza de exigencia, de disciplina, de escrúpulo, y sin
embargo lo que produce, en el fondo, es una parálisis con vocación de virtud.
Quien lo padece revisa cada decisión hasta despojarla de sustancia. Aplaza incansablemente
lo que podría volverse interesante. Exige una perfección que no existe antes de
haber ensayado nada, como si cualquier propuesta pudiera nacer ya consumada,
ajena al tanteo, indiferente a la fricción del intento. Y ahí el error deja de
ser un episodio previsible dentro de cualquier proceso, para transfigurarse en
algo mucho más grave. Se convierte en culpa.
Detrás de esto hay un efecto
cultural. Se nos enseña a admirar lo completo y a sepultar el transcurso que lo
hizo posible. Nunca se exhiben y valoran los descartes, las primeras versiones
fallidas, los numerosos intentos previos. Solo se muestra lo que finalmente resultó,
y esa costumbre transmite la engañosa idea de que el más válido pensamiento avanza
sin fricción alguna. Aunque sea obvio que ocurre exactamente lo contrario.
Ninguna realidad llega sin atravesar antes un cúmulo de variantes fallidas. Y al
ocultarlo se pierde la esencia de lo conseguido.
El error nunca surge por un fallo
del método, surge precisamente porque el método está progresando. Aparece
cuando se tensiona un límite que la comodidad jamás habría podido franquear.
Asumir el riesgo de errar certifica, casi siempre, que se está en la búsqueda
capaz y no repitiendo lo conocido. El hallazgo más valioso rara vez llega por
el sendero previsto, precisamente porque ese camino conduce, casi por
definición, a lo ya acreditado. Llega cuando algo se sale del cauce esperado y
obliga a cambiar conscientemente la mirada. Ese desvío, contratiempo en
apariencia, resulta la única grieta por la que se filtra lo que ningún planteamiento
inicial podía haber anticipado.
Hay una lucidez particular en lo
impreciso que la exactitud jamás sabría ofrecer. Un trazo que tiembla, que
corrige su rumbo mientras todavía se está formando, transporta una intuición
que el cálculo exacto no consigue alojar, porque la sistemática apenas confirma
lo que ya se sabía antes de empezar. Eliminar toda posibilidad de desvío
equivale a eliminar, con el mismo gesto, la posibilidad de encontrarnos con
algo decididamente diferente. Existe un tipo de conocimiento que sólo se revela
cuando se permite errar el gesto, cuando esa aparente torpeza inicial deja una
huella más elocuente que cualquier solución que hubiera llegado exitosamente desde
el principio.
Durante mucho tiempo se ha
ensalzado la coherencia absoluta como el más alto logro, aquella que no tolera nada
sin resolver y se conecta con lo cómodamente adaptado. Frente a esa aspiración
surgió la fuerza de la contradicción, que no es sino una manera más sofisticada
de entender el rigor, una opción extraordinariamente dispuesta a hacer convivir
realidades opuestas. Esa mirada en suma no renuncia a la exigencia, simplemente
la desplaza. Sabe que la riqueza de cualquier obra bien resuelta no reside en su
inmediatez, sino en el modo en que se sostiene sin adulterar artificialmente la
interpretación. Hay, además, una sensibilidad de raíz muy antigua que ha sabido
nombrar esto con notable economía. La que reconoce en lo imperfecto, en la
fractura reparada, una densidad de sentido que lo intacto nunca alcanza a
igualar. Lo que se quiebra y ha vuelto a unirse, mostrando el punto exacto de
su ruptura, narra algo que lo indemne jamás podría contar.
Desde la urgencia práctica, y no
desde la constante reflexión, existe también una vía más pragmática que llega a
una idéntica conclusión. Consiste en actuar exponiendo cuanto antes cualquier
hipótesis alternativa a la prueba final, aceptando de antemano el oportuno
fallo, y prefiriendo que ese error calculado llegue con ligereza, cuando
corregirlo resulta todavía asequible. Esta disposición invierte el miedo
original. En vez de rehuir el desliz, lo busca de manera deliberada, lo provoca
con agilidad, y lo convierte en un grueso de información valiosa antes de que
degenere en un contratiempo mayor. El yerro temprano no es el adversario del
buen resultado. Es, con frecuencia, su condición de posibilidad.
No se trata de sostener que el
error carece de coste, ni de convertir cualquier desacierto en virtud
automática porque suene convincente. Existe una diferencia sustancial entre el
error que se repite por descuido y el que aparece porque se está ensayando algo
diferente. El primero exige corrección inmediata, sin matices. El segundo
merece que nos detengamos a observarlo, porque casi siempre señala con
precisión el punto exacto donde el conocimiento previo se quedó corto y aparece
la investigación. Distinguir entre ambos es una de las competencias más
difíciles de cultivar, y exige algo poco frecuente, suspender el juicio el
tiempo suficiente para preguntarse qué revela ese fallo antes de apresurarse a
extirparlo.
Superar este miedo no consiste en
prometerse no volver a equivocarse. Consiste en transformar la relación que
mantenemos con la posibilidad de errar, dejar de experimentarla como amenaza y
empezar a incorporarla como parte insustituible del trabajo. Quien piensa,
quien crea, quien construye algo, no necesita aspirar a la infalibilidad.
Necesita aprender a leer sus propias caídas con la misma atención que dedica a
celebrar sus aciertos, porque en esa lectura, y no en la ausencia de fallos,
reside la diferencia entre repetir indefinidamente lo ya sabido y descubrir,
alguna vez, algo que todavía no tenía nombre.





