Hay pensamientos que sólo existen
mientras se niegan a completarse. La paradoja pertenece a esa estirpe, y quizá
por eso resulta tan difícil hablar de ella sin traicionarla. No es un problema
que espera solución ni un error que aguarda corrección. Es una tensión que se
sostiene precisamente porque nadie logra deshacerla, y en ese sostenerse
encuentra su forma más elevada de existencia. Cuanto más se piensa, menos se
resuelve, y cuanto menos se resuelve, más transmite, como si su fertilidad
dependiera de permanecer siempre un paso por delante de quien intenta solucionarla.
La contradicción es su primer
disfraz, el más visible y el que antes se confunde con el fracaso. Dos
afirmaciones que se enfrentan de frente parecen anularse, y sin embargo puede
haber un modo de sostenerlas juntas que no busca eliminar el choque sino interpretarlo,
dejando que ambas sigan respirando al mismo tiempo, aunque la lógica colige que
una debiera ceder. Donde el razonamiento ordinario descarta uno de los dos
términos para no caer en el absurdo, este modo de especular se instala
justamente en sostener lo irracional, y descubre que ese lugar imposible es el
único desde el que puede aparecer algo evocador.
Ese mismo choque, cuando sale del
pensamiento privado y se expone al criterio ajeno, se convierte en
controversia, y ahí cambia de naturaleza sin dejar de ser el mismo animal. La
contradicción que antes sólo incomodaba a quien la sostenía empieza a incomodar
colectivamente, y esa incomodidad compartida es la señal de que algo puede y
debe haber cambiado. Ningún planteamiento que roce lo comúnmente aceptado pasa
inadvertido, y la resistencia que despierta antes de ser comprendida dice más
sobre su valor futuro que la aceptación tranquila que pudiera nunca llegar. Lo
que no despierta desacuerdo alguno suele limitarse a repetir, en otros términos,
lo que ya se sabía, y por eso rara vez provoca nada alternativo.
Cuando la controversia se
prolonga en el tiempo sin resolverse, empieza a aparecer la divergencia, la
tercera máscara, la más silenciosa. Dos posiciones que nacieron de la misma
inquietud pueden separarse hacia destinos que nunca volverán a tocarse, y esa
distancia final no deshace el parentesco que las originó, apenas lo transforma
en una disyuntiva, con una fidelidad que ya no necesita del reencuentro para
seguir siendo cierta. Quien fragua soluciones sosteniendo lógicas que jamás se
reconcilian dentro de una misma obra no está fracasando en su búsqueda de
unidad, está proponiendo una coherencia distinta, menos pendiente del destino
que del gesto compartido de creación.
Así, lo que empieza como
contradicción íntima se traslada como controversia generalizada y culmina
asentándose como divergencia alternativa, y sin embargo ninguna de las tres fases
cancela a la anterior, porque no hay progreso real de una a otra sino
variaciones sucesivas de una misma inquietud que cambia de forma según quién la
interprete y desde qué distancia se decida refutar. Separar, a veces, no es
romper. Hay ciertas verdades que sólo alcanzan su forma definitiva cuando
renuncian a tener una sola, cuando aceptan quedarse partidas entre lo que
fueron y lo que llegaron a ser sin dejar nunca su origen del todo atrás. Sin
cerrar del todo ninguna conclusión. Quizá no haya otro modo de resolver una
paradoja que dejándola, paradójicamente, sin resolver.






