Todo habitar comienza antes de
traspasar cualquier umbral de acceso. Antes de extinguirse en la cadencia de
sus estancias, o en la impronta de su volumen capaz, se sostiene en el sutil
entramado de acuerdos entre cuerpos, objetos, ritmos y sensaciones. Lo
doméstico más allá de limitarse a facilitar el necesario refugio, proporciona
un amplio régimen de estímulos de intimidad y confianza. El hecho de habitar,
además de permitir ocupar un interior, supone asumir todas las dimensiones de
lo posible.
La estructura de lo doméstico
puede leerse como una urdimbre. Como un tejido en el que se enlazan escalas,
funciones, vínculos y símbolos, y que por tanto permite representar lo que se puede
llegar a hacer, pensar y sentir. Habitamos un sustrato de ideas y hábitos
compartidos que preceden y condicionan la manera de entender cada alteración.
Durante décadas, la metáfora de
la máquina ofreció un modelo en el que las viviendas podían y debían ser eficientes,
higiénicas, y ordenadas según funciones oportunas y precisas. Hoy ese marco de
entendimiento evoluciona frente a los nuevos paradigmas. La estructura de lo
doméstico se aproxima más a representar un organismo que convive con ciclos y
formas de vida especializadas, que a un dispositivo cerrado y autosuficiente.
El hogar se entiende como un fragmento de un ecosistema amplio, atravesado por
recursos, residuos, energías, y presencias.
También los usos cambian de
naturaleza. La antigua claridad de programas posibles se difumina cuando los
usos se hacen diversos e intercambiables. La casa se comporta como un campo de
superposiciones temporales. En lugar de un catálogo de funciones, aparece un
margen de adaptabilidad que da valor a los desajustes tentativos. La estructura
de lo doméstico incorpora así la posibilidad de futuros imprevistos, y las
anomalías de uso se comportan como valiosos indicios de otras formas posibles
de habitar.
Ningún interior permanece
aislado. Toda entidad doméstica respira a través de los umbrales que regulan la
proximidad con su particular entorno. En ellos se decide la intensidad del
encuentro, la duración de la experiencia, la calidad de lo compartido. La gramática
de la casa se extiende más allá sus límites físicos y abarca todos los espacios
intermedios, las muchas transiciones. Es en esa capacidad para sostener lo
breve donde aparece una domesticidad atenta a la convivencia gradual, donde
surgen los lugares en los que todo puede ocurrir simultáneamente.
También la memoria forma parte de
esta estructura. En lo doméstico conviven restos de usos anteriores, rastros de
otras vidas, objetos heredados, reparaciones visibles, capas de revestimientos
superpuestas. Lo que se percibe como natural muchas veces es el resultado de
esas sucesivas sedimentaciones. La arquitectura que asume esta condición de
estrato renuncia a la ficción de lo primigenio y neutro, y presta atención a
los signos más etéreos y acumulados. Cada intervención se suma a esa secuencia
continua, inscribe su propia permanencia en un fondo de tiempos no alineados.
El hogar también concentra un
espesor simbólico e imaginario. Allí se ensaya el relato de los significados.
Se condensan aspiraciones y temores, expectativas y decisiones, presencias y
ausencias, insistencias y prominencias, recuerdos y disposiciones. La
estructura, entendida como campo de interpretación, se reconoce en la
organización de estos signos. Lo que se muestra, lo que se reserva, lo que
permanece oculto. En estos desplazamientos se dibuja una totalidad incompleta,
hecha de huellas, restos y futuros, donde la casa funciona como un completo escenario
narrativo.
Todo este entramado se articula
con un cierto régimen temporal. No basta con ordenar físicamente lo que ocurre
en cada lugar. La manera en que se encadenan los acontecimientos y se dosifican
las pausas forma parte de la misma decisión estructural. Pallasmaa recuerda que
sólo una arquitectura que desacelera la percepción acumula continuidad y
memoria. Lo que ocurre con la casa protege intervalos de atención densa,
silencios compartidos y demoras necesarias.
Mirado así, lo doméstico aparece
como un lienzo de capas superpuestas más que como un conjunto de piezas
ensambladas. Cada gesto concreto influye a la vez en la forma, en el uso, en las
relaciones, en los relatos y en los ritmos. La estructura deja de entenderse
como artefacto portante para percibirse como una disposición atenta de
umbrales, medidas y tiempos capaz de sostener cambios sin perder continuidad.
La tarea consiste menos en clausurar esa trama que en aprender a leerla y
ajustarla, como un mapa en corrección constante. De ese modo, lo doméstico se
convierte en una forma siempre provisional de ajustar el mundo a la escala
cambiante de nuestras vidas.







