Mies Van der Rohe. S. R. Crown Hall. 1954.( Arthur Siegel)
Nunca hubo tantos fragmentos
disponibles. Imágenes, datos, referencias, soluciones y recortes de todas las
épocas se ofrecen al alcance de un gesto, y la contemporaneidad se define en
buena medida por esa inconsciente abundancia sin precedentes. La idea aislada
ha dejado de ser escasa en un universo de máxima diversidad y complejidad. Lo
que disminuye es la capacidad de reunir las muchas diferencias de un modo que
las vuelva armónicas y necesarias.
Pensar creativamente se asemeja
cada vez más a un dedicado oficio de reunión. Las piezas disponibles rara vez
faltan. Lo exiguo es advertir que ciertos fragmentos, unidos, se pueden llegar
a pertenecer. Quien crea de manera contrastada aprende a escuchar esas
pertenencias latentes entre cosas que coexisten sin llegar a vincularse. Por
eso la novedad se parece a un hallazgo de deudas adquiridas entre partes
inconexas más que a una invención material. Esa idea de conexión siempre llega
con el aire de algo oculto que estaba esperando, y quizá ahí resida la quietud
particular que acompaña a las ideas eficaces. Cada elemento guarda un
compromiso pendiente con otros, y el acto productor consiste en reconocerlo
puntualmente. El vínculo que resulta debe pasar entonces una prueba tan
importante como sigilosa, la de soportar la carga de naturalidad. Si se
sostiene, demuestra que el enlace puede existir. Si cede, revela que era una
ocurrencia impuesta. Así, el pensamiento deja de ser un gesto de propiedad y se
convierte en una forma de refugio. En él, lo conocido se acoge de nuevo con la
disposición de procurar un ensamble solidario. Y capaz.
La aceleración creciente
compromete ese reconocimiento operativo. El ritmo actual premia la iteración
incesante, la variante inmediata, la propuesta que se renueva una y otra vez
antes de haber tenido tiempo de asentarse. En ese entorno se confunde producir
con concertar, y la acumulación de resultados a menudo sustituye al criterio.
De tal urgencia nacen las excesivas yuxtaposiciones, los objetos de apariencia
competente cuyas partes jamás llegaron a interrogarse entre sí.
La evolutiva generación
automática, supuestamente inteligente, ha agudizado la cuestión. Las muchas máquinas
entrenadas ofrecen miríadas de fragmentos plausibles en cantidad inagotable, y tal
verosimilitud ha dejado de tener mérito porque se ha vuelto excesivamente
accesible. Y extremadamente falible. El espacio donde la intervención humana
conserva su valor es el de la oportuna selección y la armónica articulación.
Decidir qué permanece, qué se descarta, cuánto debe ceder cada pieza para que
el conjunto adquiera carácter, constituye hoy la forma más exigente y coherente
de autoría. La creación actual es cada vez más coral, concebida por préstamos,
citas y colaboraciones. Esa condición plural exige una cabal ética de la deuda,
manteniendo la capacidad de reconocer lo que cada parte aporta y de sostener un
íntegro vínculo compartido. Lo común se construye a base de acuerdos tácitos
que a menudo pasan inadvertidos.
Esa significativa labor reclama
una positiva disposición a la renuncia activa. Toda obra coherente sacrifica toda
ocurrencia brillante que nada pueda aportar al conjunto buscado, y el verdadero
rigor creativo se advierte en lo que se consigue omitir de manera premeditada.
Las ideas puras se consiguen optimizar al quedar en segundo plano, o al
retirarse por completo, cuando la rigurosa unidad así lo exige. Una abdicación
sostenida puede alcanzar una claridad que ninguna inspiración fulminante puede
lograr.
Además, la extensa complejidad e
incertidumbre invalidan el secular sueño del sistema cerrado. Ninguna teoría ni
proyecto puede aspirar ya a una forma definitiva, porque el contexto se
desplaza antes de que la forma se pueda consolidar. Se impone entonces una
coherencia de otra entidad, mucho más flexible, capaz de reajustar la idoneidad
de sus componentes sin descomponerse. Una estructura de pensamiento resiste
mejor cuando sus partes han aprendido a responder unas por otras que cuando se
apoyan en una premisa única e inamovible.
Pero se comprueba que la cultura
de la imagen trabaja en sentido contrario. Se premia el impacto inmediato y se juzga
lo que se ofrece por la intensidad de su primera impresión. Mientras que la más
inexorable calidad suele necesitar relecturas, visitas reiteradas, y sobre todo
mucho tiempo de atenta actividad. Lo que permanece se descubre siempre desde la
mirada reiterada. Una obra con verdadero cuerpo sigue reorganizando sus
elementos insistentemente, y revela nuevas relaciones cada vez que muda la óptica
de percepción.
Prevalece un tiempo final que
ninguna herramienta consigue acelerar. Las ideas necesitan prudentes intervalos
para encontrarse, precisan posibilitar un fructífero silencio en el que lo
disperso puede llegar a reunirse. Muchos aciertos llegan durante un madurado descanso,
cuando la atención decae y las múltiples dimensiones empiezan a conectarse.
Proteger esa necesaria demora es una decisión fundamental.
Cabe entonces plantearse la verdadera
viabilidad entre el relato y el sistema. Responder a si las partes se llegan a sostener
mutuamente hasta percibir la serena integridad que ninguna apariencia consigue
imitar. En una época de inagotables fragmentos, quizá la mayor aspiración
consista en lograr que algo, por fin, esté armónicamente entero.







