and architecture, hand made architecture

Mostrando entradas con la etiqueta mirar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mirar. Mostrar todas las entradas

27 de septiembre de 2026

Mirar

 



Mirar no precede al pensamiento, es en sí una forma de pensar. Antes de cualquier análisis consciente, toda mirada decide qué permanece y qué se difumina en el contorno de lo indefinido. Llega adiestrada, cargada de una semántica previa que reconoce ciertos significados y disuelve otros en una consciente periferia sin nombre. Esa percepción selectiva nunca se presenta de manera neutra, se disfraza de serena evidencia donde lo importante es lo ya reconocido. Antes de la voluntad de interpretar surge un estado previo colmado de asimiladas certezas.

La mirada experta suele confundirse con el rigor. Se aprende a ensalzar la limpieza, la coherencia, la exactitud, y esa destreza termina desplazando una posible comprensión más honda, la de cuanto la previsión no consigue anticipar. Lo que se piensa desde la observación del contexto proyecta sobre él sus propias categorías aprendidas, convirtiendo cada lugar en un mapa donde únicamente se confirma lo esperado. La consciencia crítica exige entonces un ejercicio de sospecha hacia la propia dinámica de mirar, hacia esa comodidad perceptiva que permite avanzar sin interrogar lo no inmediato. Porque bajo esa comodidad hay una resistencia remota, la de la materia que no siempre acepta traducirse en el lenguaje heredado para nombrarla. Se descubre que cada percepción guarda su propia estratificación, su espesor de tiempo y de entendimiento que rara vez coincide con la disciplina asimilada para describirlo. Si esa lectura se ignora puede prevalecer una cierta seguridad, pero si se acepta e interroga, lo interceptado hace que pueda brotar un reconocer más elevado.

Hay otro modo de mirar que ningún método consigue ordenar. Toda realidad tiene una parte explícita, la que se comparte y se explica, la que responde a norma, programa y medida. Pero a menudo se confirma que guarda también un residuo que escapa a esa explicación, un matiz que no se anticipa ni se justifica y que sin remedio conmueve antes de saber por qué. Ese rescoldo no es un adorno, es el reverso más activo. Frente a ese matiz oculto, el lenguaje llega tarde, y esa demora es la señal de que algo distinto puede ocurrir.

Ese margen de lo inefable no se enseña, porque no admite regla. Su reconocimiento se cultiva sabiendo permanecer y esperar, dejando que lo observado, que es objeto, es pensamiento y es materia, termine de desplegarse en todas sus dimensiones. Se sabe que hay hallazgos que no aparecen al buscarlos, que se presentan cuando la mirada ha dejado de exigir un resultado inmediato y ha aceptado quedarse un instante de más frente a lo que todavía no entiende. En ese intervalo abundante puede ocurrir el descubrimiento de lo diferente, de lo que no se había sabido nombrar hasta entonces. Pero ese acontecimiento no se explica por completo ni siquiera por quien lo experimenta. Llega como una certeza repentina que puede que después no se justifique ni siquiera con palabras más lentas, aunque nunca alcancen del todo la intensidad provocada.

Saber mirar tiene entonces una parte comunicable y otra que solo se cultiva a través de la espera atenta. La que se puede transmitir ordena, afina, entrena lo visual para reconocer proporciones y desajustes. La que se cultiva desde el confín de la expectativa no depende de ninguna técnica consciente, estriba en una instruida actitud y la firme disposición a permanecer ante lo real sin apresurar el sentido, dejando que lo inexplicable decida, por fin, mostrarse por un instante antes de volver a ocultarse. Esa es la mirada que transforma el entendimiento, no la que simplemente confirma lo que ya sabía, la que se deja sorprender por lo que todavía no tenía nombre.

Quedaría saber si la labrada destreza se convierte en un refugio que permite eludir el trance de mirar en toda su amplitud. La pericia de una acción virtuosa puede servir tanto para revelar como para ocultar, y la habilidad corre el riesgo de convertirse en la excusa más perfecta para no implicarse con lo que se puede llegar a provocar. La consciencia crítica más exigente, cuando se conforma con admirar, ha de preguntarse qué mirada la sostiene y hasta dónde alcanza realmente. Ahí se decide si la tarea consiste sólo en juzgar o en ver, efectivamente, más allá.

 


12 de diciembre de 2025

ni menos ni más




Alexander Calder, Negro, blanco y diez rojos, 1957


En el entorno de comprensión de las posibilidades de actuación hemos venido heredando una doctrina ética que permite una consecuente estabilidad creativa. Una conducta moral por la que ha de prevalecer el interés por la conformidad y proporción del justo medio, evitando la falta de adecuación que conllevan los extremos, hallando la virtud en el equilibrio entre el defecto y el exceso. Por ello tendemos a encontrar la conciliadora mesura en el punto en el que lo que producimos no es ni insuficiente ni demasiado, procurando aquello que signifique imparcialmente lo necesario.

A lo largo de la historia se han venido explorado con mucha intensidad las sutilidades de la ponderación compositiva, la precisa proporción y la perfecta compensación, consolidando la idea de que el equilibrio no está sólo en la igualdad comparativa, sino en la medida y complementaria relación entre las partes. Se ha venido defendiendo la excelencia de que la forma y los materiales encuentren su coherencia gracias a la falta de artificio u ornamento superfluo, abogando por una honestidad material en la que cada elemento cumple su estricta función en integración con el conjunto. Se ha querido y sabido reivindicar la coherencia de la sensatez, la contención y el menos pero suficiente, aquella que logra que la calidad espacial evite caer en insensibles minimalismos ni en exagerados excesos formales. En cuanto al medioambiente se ha instaurado el rigor de ensalzar la máxima de que lo verdaderamente sostenible está en encontrar una moderación óptima entre la ocupación y el entorno, entre el consumo de los recursos y la satisfacción de las verdaderas necesidades, imponiendo no depredar ni escatimar, sino ajustar la acción a las verdaderas demandas del lugar y los ciclos de vida. Sin envidia ni codicia.

Sin tener que descender a una moderada aurea mediocritas, existe un estado de elección en el que por encima del descuidado desvío se encuentra la tensión de lo exacto. Encontrar la cumbre por la cual se logra el máximo balance entre lo alternativamente deseado y lo verdaderamente conseguido es, sin duda, lo más.   


30 de marzo de 2022

Alea iacta est (”los dados han sido tirados”)

 


Las palabras elegidas esconden a menudo significados profundos, a veces tan ocultos como evidentes. El campo de interpretación de la acción de proyectar incorpora la noción de ir o lanzar hacia adelante. Aunque también reúne el matiz de comprobar una cierta esperanza en la fortuna del movimiento. Ese avance en busca de sorpresas eficaces es un acto de optimismo propositivo que incluye el pleno reconocimiento de las posibilidades.

A la luz del conocimiento, de la intuición o de la percepción, interceptamos resultados activos. Capaces de ser reconocidos y descubiertos. Tan sólo tenemos que disponer esa luz en el lugar adecuado y en su hábil proyección interceptar significados. Saber elegir se convierte entonces en una labor vinculada a la búsqueda de la pertinencia, es decir, a encontrar lo conveniente, lo ajustado y lo apropiado. Pero a su vez, prodigiosamente, también entra en juego el magnífico caudal de aquellas posibilidades que, sin obedecer a ningún control racional, son capaces de desvelarnos nuevas lecturas.

La atención es un sentido inquieto. Viaja de lo más previo a lo menos previsible. Y en su devenir casualmente se detiene en lugares nunca predichos. Podemos dirigir el esmero, con vigilancia y curiosidad, pero una fuerza desconocida a menudo nos hace descubrir realidades no anticipadas. Libres.

Una vez tirados los dados puede que lo que se ilumine sea, a la vez de un número, una suerte.

27 de noviembre de 2017

EL DIBRUJO

"En manos del arquitecto, el lápiz constituye un puente entre la mente que imagina y la imagen que aparece en la hoja de papel; en el éxtasis del trabajo, el dibujante olvida tanto su mano como el lápiz y la imagen emerge como si fuera una proyección automática de la mente que imagina; o quizá sea la mano la que verdaderamente imagina en tanto que existe en la vida del mundo, la realidad del espacio, materia y tiempo, la condición física misma del objeto imaginado."
(Juhani Pallasmaa, -la mano que piensa-. 2009)


Las destrezas, la inteligencia creativa y las capacidades conceptuales de todo aquel que busca satisfacer un resultado físico pasan siempre por el canal de nuestra extremidad más preparada, más hábil y capaz, y allí se produce una suerte de traducción mágica, inesperada. Emerge una fascinación, una atracción incontrolada, un hechizo que traslada la atención, y disloca el significado.
Debajo del dibujo de la mano atenta hay mucho más que una representación. Aparecen códigos de interpretación que surgen de la memoria y de esa sabiduría que, efectivamente, es existencial pero también corporal. La mano detenta un poder de transformación y figuración inmenso. El lápiz dibuja no sólo lo que ve, también lo que se puede llegar a ver, más allá de lo inmediato. Y esa generosa amplitud provoca que la mano y su dibujo sean capaces de alterar el ánimo y la intención.
A veces, muchas veces, da la sensación de que el dibujo no naciera de la mente del que lo realiza. Pareciera que tuviera vida propia y surgiera de un lugar no reconocible. Pero la mano, es palpable, ha sido quien lo ha producido. Sus movimientos, podríamos pensar que inconscientes, han derivado en un producto tan esencial como asombroso. Está ahí y su lectura y traducción pueden llevar a nuevas reflexiones y sensaciones. No sé sabe porqué, pero dice cosas que antes de aparecer ese dibujo no estaban.
De nuestra capacidad de sorpresa y embrujo ante lo que trasluce la mano depende nuestro poder de transformación.
No en vano el verbo dibujar viene del francés "deboisser", literalmente -labrar en madera-. Y de ahí se ha venido a conjugar todo lo relacionado con debastar, esbozar, esculpir... y obrar.

Cuánta madera.




29 de septiembre de 2010

el hueco pequeño mira lejos

La mirada atenta requiere una dirección y un sentido, pero también un tamaño. Un recorte.
En la importancia de mirar está el saber concentrar el sentido de la vista y el entendimiento. En reconocer los límites de lo que merece la pena observar con ánimo de ser aprendido.
Como si de un telescopio o un microscopio se tratara mirar a través de un pequeño hueco es trasladar la percepción mucho más allá de lo inmediato. Llevarla lejos. Tan lejos como sea posible.
Y es en esa distancia selectiva donde se establece la diferencia. Mirar supone elegir, corregir, enfocar. Saber dirigir el ojo.
La tendencia, sin embargo, es la contraria. A menudo, lo que se mira está contaminado por lo que en realidad no importa. Por lo que no nos permite distinguir lo importante. El hueco a través del cual se mira es con frecuencia demasiado grande. Demasiadas cosas distraen la atención del observador.
Cuando de analizar y entender se trata es preciso, por tanto, definir un marco visual adecuado. Ser capaces de redimensionar intencionadamente el tamaño a través del cual las cosas se nos muestran.
Pero es preciso destacar que el término “lejos” puede definir tanto un determinado espacio distante como un remoto tiempo que no nos pertenece. Mirar lejos puede suponer mirar más allá de los límites físicos pero también más allá de los fondos temporales. Y es entonces cuando el instrumento del “hueco pequeño” se hace más interesante. La percepción se activa de un modo diferente y eficaz. Estamos ante una percepción congelada, precisa, inequívoca.
Qué es una fotografía sino un modo de mirar a través de un pequeño hueco. Espacial y temporal a la vez.
La curiosidad, la protagonista fundamental del buen mirar, depende también en gran medida de lo pequeño que sea el hueco por el que miremos.
Descubrimos sin duda en la cerradura sin llave, magnética y tentadora, un paradigma de lo irresistible. Allí se deposita la esencia del placer de la averiguación.

Si se eligen huecos por los que mirar… téngase en cuenta.



---