Alexander Calder, Negro,
blanco y diez rojos, 1957
En el entorno de comprensión de las
posibilidades de actuación hemos venido heredando una doctrina ética que permite
una consecuente estabilidad creativa. Una conducta moral por la que ha de
prevalecer el interés por la conformidad y proporción del justo medio, evitando
la falta de adecuación que conllevan los extremos, hallando la virtud en el
equilibrio entre el defecto y el exceso. Por ello tendemos a encontrar la conciliadora
mesura en el punto en el que lo que producimos no es ni insuficiente ni
demasiado, procurando aquello que signifique imparcialmente lo necesario.
A lo largo de la historia se han
venido explorado con mucha intensidad las sutilidades de la ponderación
compositiva, la precisa proporción y la perfecta compensación, consolidando la
idea de que el equilibrio no está sólo en la igualdad comparativa, sino en la medida
y complementaria relación entre las partes. Se ha venido defendiendo la excelencia
de que la forma y los materiales encuentren su coherencia gracias a la falta de
artificio u ornamento superfluo, abogando por una honestidad material en la que
cada elemento cumple su estricta función en integración con el conjunto. Se ha querido
y sabido reivindicar la coherencia de la sensatez, la contención y el menos
pero suficiente, aquella que logra que la calidad espacial evite caer en insensibles
minimalismos ni en exagerados excesos formales. En cuanto al medioambiente se
ha instaurado el rigor de ensalzar la máxima de que lo verdaderamente sostenible
está en encontrar una moderación óptima entre la ocupación y el entorno, entre el
consumo de los recursos y la satisfacción de las verdaderas necesidades, imponiendo
no depredar ni escatimar, sino ajustar la acción a las verdaderas demandas del
lugar y los ciclos de vida. Sin envidia ni codicia.
Sin tener que descender a una moderada
aurea mediocritas, existe un estado de elección en el que por encima del
descuidado desvío se encuentra la tensión de lo exacto. Encontrar la cumbre por
la cual se logra el máximo balance entre lo alternativamente deseado y lo verdaderamente
conseguido es, sin duda, lo más.


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