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12 de diciembre de 2025

Pensamiento brújula


Homenaje a Kahneman


Todo proyecto exige decidir antes de reconocer certezas. Su formulación se desarrolla en un entorno saturado de datos que se pretende gobernar mediante el reconocimiento de las muchas lagunas por esclarecer. En ese contexto, la celebrada intuición no se comporta como algo opcional, sino que es el verdadero mecanismo por el que el pensamiento se adelanta al cómputo de la resolución definitiva. Lo cabal no es si se confía en ella, sino qué calidad tienen las operaciones que la producen.

La mente no trabaja en un único registro. Un primer modo de pensar actúa con contundente rapidez, estableciendo conexiones inmediatas y fabricando imágenes coherentes a partir de elegidos fragmentos dispersos. Un segundo criterio, no simultáneo, se produce por el contrario con deliberada lentitud, verificando, corrigiendo e introduciendo reservas allí donde el primero quisiera concluir. La rápida intuición condensa experiencias, aprendizajes y prácticas en juicios sintéticos que se pueden presentar como evidentes. El riesgo es que esa evidencia subjetiva no distingue entre reconocimiento experto y respuesta precipitada.

Toda verdadera intuición arrastra una amplia estructura de sesgos. Selecciona la información que delimita el camino a seguir y descarta, sin esfuerzo consciente, aquello que lo pudiera complicar innecesariamente. Concede más peso a lo que aparece con facilidad en la memoria que a lo que exige un esfuerzo de recuperación. Toma la primera configuración aceptable como referencia y ajusta el resto del razonamiento a ese conquistado anclaje inicial. El pensamiento rápido simplifica la complejidad mediante sustituciones silenciosas y responde a una versión reducida del problema mientras sustenta la ficción de estar afrontando el problema completo.

La creatividad nace al abrigo de estas operaciones vinculadas y emerge desde dentro de ellas cuando se les incorpora una cierta disciplina. No debería bastar con acelerar la impaciente producción de ideas, es necesario ralentizar con mesura la adhesión a la más inmediata. El gesto intuitivo puede seguir apareciendo con la misma velocidad y proximidad, pero se le debe negar el estatus de conclusión evidente. Se le ha de tratar como hipótesis que debe atravesar filtros, evidenciando las omisiones, los supuestos automáticos que incorpora y las alternativas que descarta sin haber sido conscientemente consideradas. El discernimiento comienza cuando la intuición acepta ser evaluada. Traducida.

La detenida exploración no diluye la potencia creativa, la afina. Al reconocer que la mente tiende a construir relatos demasiado coherentes con insuficiente evidencia, el proceso debe introducir interrupciones deliberadas. Momentos en los que se suspende la confianza en lo espontáneo y se obliga a experimentar una duda operativa. Pensar despacio, con precisión, no equivale a paralizar el proceso, sino a ajustar la relación entre seguridad subjetiva y la base real del conocimiento. Se ha de avanzar sabiendo dónde se encuentra la extrapolación y dónde la ignorancia.

En ese condensado equilibrio entre las diversas maneras de pensar la intuición deja de ser un refugio para convertirse en una herramienta rigurosa. La perseguida eficiencia se sirve de su velocidad para abarcar configuraciones que el análisis minucioso nunca alcanzaría a tiempo, y se sirve de la instancia crítica para impedir que esa velocidad se confunda con infalibilidad. El pensamiento rápido exhibe y propone y el pensamiento lento determina y delibera hasta dónde se puede llegar. Entre ambos no se establece una jerarquía simple, sino una clara tensión productiva.

Una práctica que asume esa tensión opera con otra forma de compromiso. No promete certeza absoluta ni se escuda en la espontaneidad directa. Reconoce que toda decisión se apoya en un grado controlado de ignorancia y elige trabajar desde esa posición incierta sin ocultarla. Allí donde la intuición domina sin cuestionamiento se instala la ilusión de comprensión plena. Allí donde la crítica racional anula todo impulso inicial se congela la capacidad de proposición. Entre ambas zonas se abre un campo del todo exigente, el de una intuición consciente de sus preferencias y, por ello, más cercana a la lucidez que a la confianza ciega. Encajando así una valiosa orientación.




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