Homenaje a Kahneman
Todo proyecto exige decidir antes
de reconocer certezas. Su formulación se desarrolla en un entorno saturado de
datos que se pretende gobernar mediante el reconocimiento de las muchas lagunas
por esclarecer. En ese contexto, la celebrada intuición no se comporta como algo
opcional, sino que es el verdadero mecanismo por el que el pensamiento se
adelanta al cómputo de la resolución definitiva. Lo cabal no es si se confía en
ella, sino qué calidad tienen las operaciones que la producen.
La mente no trabaja en un único
registro. Un primer modo de pensar actúa con contundente rapidez, estableciendo
conexiones inmediatas y fabricando imágenes coherentes a partir de elegidos fragmentos
dispersos. Un segundo criterio, no simultáneo, se produce por el contrario con
deliberada lentitud, verificando, corrigiendo e introduciendo reservas allí
donde el primero quisiera concluir. La rápida intuición condensa experiencias,
aprendizajes y prácticas en juicios sintéticos que se pueden presentar como
evidentes. El riesgo es que esa evidencia subjetiva no distingue entre
reconocimiento experto y respuesta precipitada.
Toda verdadera intuición arrastra
una amplia estructura de sesgos. Selecciona la información que delimita el
camino a seguir y descarta, sin esfuerzo consciente, aquello que lo pudiera
complicar innecesariamente. Concede más peso a lo que aparece con facilidad en
la memoria que a lo que exige un esfuerzo de recuperación. Toma la primera
configuración aceptable como referencia y ajusta el resto del razonamiento a
ese conquistado anclaje inicial. El pensamiento rápido simplifica la
complejidad mediante sustituciones silenciosas y responde a una versión
reducida del problema mientras sustenta la ficción de estar afrontando el
problema completo.
La creatividad nace al abrigo de
estas operaciones vinculadas y emerge desde dentro de ellas cuando se les incorpora
una cierta disciplina. No debería bastar con acelerar la impaciente producción
de ideas, es necesario ralentizar con mesura la adhesión a la más inmediata. El
gesto intuitivo puede seguir apareciendo con la misma velocidad y proximidad,
pero se le debe negar el estatus de conclusión evidente. Se le ha de tratar
como hipótesis que debe atravesar filtros, evidenciando las omisiones, los supuestos
automáticos que incorpora y las alternativas que descarta sin haber sido conscientemente
consideradas. El discernimiento comienza cuando la intuición acepta ser evaluada.
Traducida.
La detenida exploración no diluye
la potencia creativa, la afina. Al reconocer que la mente tiende a construir
relatos demasiado coherentes con insuficiente evidencia, el proceso debe introducir
interrupciones deliberadas. Momentos en los que se suspende la confianza en lo espontáneo
y se obliga a experimentar una duda operativa. Pensar despacio, con precisión,
no equivale a paralizar el proceso, sino a ajustar la relación entre seguridad
subjetiva y la base real del conocimiento. Se ha de avanzar sabiendo dónde se encuentra
la extrapolación y dónde la ignorancia.
En ese condensado equilibrio entre
las diversas maneras de pensar la intuición deja de ser un refugio para
convertirse en una herramienta rigurosa. La perseguida eficiencia se sirve de
su velocidad para abarcar configuraciones que el análisis minucioso nunca
alcanzaría a tiempo, y se sirve de la instancia crítica para impedir que esa
velocidad se confunda con infalibilidad. El pensamiento rápido exhibe y propone
y el pensamiento lento determina y delibera hasta dónde se puede llegar. Entre
ambos no se establece una jerarquía simple, sino una clara tensión productiva.
Una práctica que asume esa tensión
opera con otra forma de compromiso. No promete certeza absoluta ni se escuda en
la espontaneidad directa. Reconoce que toda decisión se apoya en un grado
controlado de ignorancia y elige trabajar desde esa posición incierta sin ocultarla.
Allí donde la intuición domina sin cuestionamiento se instala la ilusión de
comprensión plena. Allí donde la crítica racional anula todo impulso inicial se
congela la capacidad de proposición. Entre ambas zonas se abre un campo del
todo exigente, el de una intuición consciente de sus preferencias y, por ello,
más cercana a la lucidez que a la confianza ciega. Encajando así una valiosa orientación.


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