Borges
En el transcurso de nuestra
existencia se produce una paradoja que no por recurrente pasa desapercibida. Nuestro
conocimiento corrobora que el mundo, nuestro espacio, es además de tridimensional,
discreto, divisible, es decir, no continuo ni infinito. Podemos medirlo y
definirlo mediante procedimientos controlados, encontrando hábiles transiciones
y delimitaciones. Pero algunas de las más revolucionarias hipótesis de la
física teórica avanzan que podría demostrarse que el tiempo también es
tridimensional. Y con ello, se podría por fin manifestar su completa discontinuidad.
Conteniendo en todo caso dimensiones vinculadas, intervalos y lapsos. En
nuestra realidad el espacio es formal y perceptivamente indisoluble del tiempo,
y nos descubrimos habitando un espacio de tiempo, pero también un tiempo de
espacio. Pudiéndose concluir que no es la materia la que habita el tiempo, sino
el tiempo el que constituye la esencia misma de la materia.
Nos atrae fantasear con la idea de
lo eterno, lo radicalmente continuo, como aquel “libro de la arena” de Borges que,
siendo sagrado, contenía infinitas páginas. Un libro imposible, que cada vez
que era abierto y leído mostraba una historia absolutamente diferente. Sin
límites. Un hipertexto, un hipervolumen que nos acercaba irremediablemente a la
idea de lo infinito. El relato comenzaba con la verificación de que la línea
consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de
líneas; el volumen, de un número infinito de planos; y el hipervolumen, de un
número infinito de volúmenes. Pero bien sabemos que con esa visión ideal lo
que queremos es llegar a pensar que si el espacio es infinito estaríamos en
cualquier punto del espacio. Y que si el tiempo es infinito estaríamos en
cualquier punto del tiempo. A salvo de la verdadera realidad. En la ficción más
reconfortante.
Si ese nuestro espacio-tiempo es real es porque contiene intersticios, distancias, umbrales, nexos, profundidades. Lugares y momentos en los que el mientras es siempre capaz de contener el todo. Haciéndolo asible, con auténtico espesor. El espacio intermedio, la quiebra de todo interludio, es tan primordial que en su abertura define cualquier periodo. En el entretanto hallamos las posibilidades más extensas y capaces, las más definitorias. Atender a ese durante es reconocer las verdaderas dimensiones del nuestro acontecer.
La arquitectura toma reflejo de
esta delimitación, habilitando estrategias afines a ese modo de entender la
realidad. Concibiendo que toda materialidad está fuertemente vinculada con su devenir,
con la trascendencia de su experiencia. Y satisfaciendo esa naturalidad
convenimos, ciertamente, un camino.


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