Lo oblicuo, más allá de ser la
renuncia a una dirección fijada, posibilita un territorio intermedio, sin
nombre previo, donde las cosas pueden ocurrir de otra manera. Desviarse con
intención tiene su propia lógica. Hay desviaciones provocadas que se aproximan
a lo que la línea recta habría dejado fuera de alcance.
El pensamiento contemporáneo
padece una ansiedad particular ante lo indirecto. Exige trayectorias
verificables, recorridos sin pliegues, soluciones que demuestren haber tomado
el camino más corto entre el problema y su resolución. En esa exigencia se aloja
una confusión por la que se toma la eficiencia del trayecto como garantía de la
profundidad del destino. Pero los objetivos más complejos se consiguen por
aproximaciones laterales, mediante un rodeo paciente, a través de ese andar que
pareciera querer prolongarse y que, debido a eso, llega a lugares que el avance
directo cierra antes de encontrar.
Cuando un rayo de luz incide en
otro medio mantiene su velocidad, pero cambia sutilmente de dirección. La
oblicuidad redirige la energía, la conduce hacia donde la perpendicular directa
habría pasado de largo. El pensamiento que acepta una deriva intencionada
funciona de manera similar. Incorpora la resistencia del medio como parte de su
recorrido. La incidencia oblicua revela propiedades del material que el impacto
directo destruiría antes de ser leído. Elegir el ángulo desde el que se produce
el encuentro define el encuentro.
Basta observar cómo cambia una
persona al atravesar un espacio que le obliga a negociar cada paso. El cuerpo
deja de ser pasajero y se vuelve participante. El peso se dirime con la base en
cada movimiento. La atención, que en los trayectos planos se abstrae, regresa
con decisión. Algo en la geometría física ha decidido que el movimiento merece
algo más que ser resuelto. Y el cuerpo, extrañado, empieza a percibir lo que
antes pasaba sin apenas dejar evidencia.
Hay fenómenos que se cierran ante
quien llega con demasiada certeza. La presión de una mirada muy resuelta
deforma lo que toca antes de haberlo encontrado. La pregunta que ya sabe su
respuesta selecciona en lugar de escuchar. El método que llega con sus categorías
preparadas confirma en lugar de descubrir. Por ello existe una forma de
acercarse que antepone la escucha a la clasificación, que acepta no saber del
todo qué está buscando hasta que lo encuentra. Ese modo de proceder es riguroso
de otra manera, con un criterio que empieza por respetar la complejidad del objeto
antes de imponerle un orden anticipado. Keats lo llamó con acierto la capacidad
negativa, la disposición a permanecer en la incertidumbre sin irritarse por la
ausencia de una resolución inmediata.
Los hallazgos más importantes
rara vez llegaron por donde se los esperaba. Quien los encontró no siempre supo
que los estaba buscando, o los localizó mientras buscaba otra cosa, o llegó a
ellos después de haber rodeado el problema sin recordar cuál era el camino más
inmediato. Eso puede suponer una disposición que sabe que los asuntos de
verdadero interés requieren ser rodeados, esperados, abordados desde un ángulo
que aún carece de certeza cuando se elige. La oblicuidad es la actitud original
que hace posible, entre otras cosas, que haya un hallazgo.
Existe además una dimensión
temporal que conviene considerar. El trayecto oblicuo es casi siempre más
largo. Requiere sostener la incertidumbre durante más tiempo, tolerar la
sensación de no avanzar cuando en realidad se está cercando. Esa tolerancia
resulta difícil en un contexto que ha convertido la inmediatez en valor
supremo. La inclinación deliberada es lenta porque el objeto al que se aproxima
así lo exige. Hay fenómenos que sólo se despliegan con el tiempo, que requieren
ser rodeados antes de ser comprendidos. La diferencia entre merodear y
extraviarse reside en la calidad de la lectura previa, en la atención a la
trama del problema antes de decidir cómo se aborda. Esa lectura es ya el
pensamiento. El ángulo desde el que se accede forma parte del resultado tanto
como lo que finalmente se concluya. Elegirlo con mesura constituye en realidad
el trabajo más oportuno.
La cultura contemporánea ha
perfeccionado los instrumentos para medir la distancia más corta entre dos
puntos, pero ha dedicado menos atención a desarrollar la sensibilidad para
reconocer cuándo esa distancia resulta también la más ciega. Optimizar un trayecto
exige entender el territorio que atraviesa. Y ese entendimiento supone ser
consciente de las dimensiones del problema que una aproximación inmediata deja
fuera de alcance.
La postura que favorece la
oblicuidad parte de un reconocimiento sencillo y exigente a la vez. La realidad
se organiza según sus propias dimensiones, y el ángulo de llegada forma parte
de una acertada interpretación. Saber desde dónde se observa permite calibrar
lo que la mirada alcanza y lo que queda fuera. Quien acepta que su decidida
visión es una entre varias posibles está en condiciones de elegir la más
adecuada para lo que necesita ver. Esa conciencia del ángulo propio es una
forma de precisión antes que de limitación. Cambiar el ángulo desde el que se establece
la comprensión es ya cambiar el mundo que se puede pensar.
El camino oblicuo provoca, en
muchas ocasiones, llegar a la verdad sin haberla forzado.

