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25 de febrero de 2026

Dimensiones de la estructura de lo doméstico

 

Todo habitar comienza antes de traspasar cualquier umbral de acceso. Antes de extinguirse en la cadencia de sus estancias, o en la impronta de su volumen capaz, se sostiene en el sutil entramado de acuerdos entre cuerpos, objetos, ritmos y sensaciones. Lo doméstico más allá de limitarse a facilitar el necesario refugio, proporciona un amplio régimen de estímulos de intimidad y confianza. El hecho de habitar, además de permitir ocupar un interior, supone asumir todas las dimensiones de lo posible.

La estructura de lo doméstico puede leerse como una urdimbre. Como un tejido en el que se enlazan escalas, funciones, vínculos y símbolos, y que por tanto permite representar lo que se puede llegar a hacer, pensar y sentir. Habitamos un sustrato de ideas y hábitos compartidos que preceden y condicionan la manera de entender cada alteración.

Durante décadas, la metáfora de la máquina ofreció un modelo en el que las viviendas podían y debían ser eficientes, higiénicas, y ordenadas según funciones oportunas y precisas. Hoy ese marco de entendimiento evoluciona frente a los nuevos paradigmas. La estructura de lo doméstico se aproxima más a representar un organismo que convive con ciclos y formas de vida especializadas, que a un dispositivo cerrado y autosuficiente. El hogar se entiende como un fragmento de un ecosistema amplio, atravesado por recursos, residuos, energías, y presencias.

También los usos cambian de naturaleza. La antigua claridad de programas posibles se difumina cuando los usos se hacen diversos e intercambiables. La casa se comporta como un campo de superposiciones temporales. En lugar de un catálogo de funciones, aparece un margen de adaptabilidad que da valor a los desajustes tentativos. La estructura de lo doméstico incorpora así la posibilidad de futuros imprevistos, y las anomalías de uso se comportan como valiosos indicios de otras formas posibles de habitar.

Ningún interior permanece aislado. Toda entidad doméstica respira a través de los umbrales que regulan la proximidad con su particular entorno. En ellos se decide la intensidad del encuentro, la duración de la experiencia, la calidad de lo compartido. La gramática de la casa se extiende más allá sus límites físicos y abarca todos los espacios intermedios, las muchas transiciones. Es en esa capacidad para sostener lo breve donde aparece una domesticidad atenta a la convivencia gradual, donde surgen los lugares en los que todo puede ocurrir simultáneamente.

También la memoria forma parte de esta estructura. En lo doméstico conviven restos de usos anteriores, rastros de otras vidas, objetos heredados, reparaciones visibles, capas de revestimientos superpuestas. Lo que se percibe como natural muchas veces es el resultado de esas sucesivas sedimentaciones. La arquitectura que asume esta condición de estrato renuncia a la ficción de lo primigenio y neutro, y presta atención a los signos más etéreos y acumulados. Cada intervención se suma a esa secuencia continua, inscribe su propia permanencia en un fondo de tiempos no alineados.

El hogar también concentra un espesor simbólico e imaginario. Allí se ensaya el relato de los significados. Se condensan aspiraciones y temores, expectativas y decisiones, presencias y ausencias, insistencias y prominencias, recuerdos y disposiciones. La estructura, entendida como campo de interpretación, se reconoce en la organización de estos signos. Lo que se muestra, lo que se reserva, lo que permanece oculto. En estos desplazamientos se dibuja una totalidad incompleta, hecha de huellas, restos y futuros, donde la casa funciona como un completo escenario narrativo.

Todo este entramado se articula con un cierto régimen temporal. No basta con ordenar físicamente lo que ocurre en cada lugar. La manera en que se encadenan los acontecimientos y se dosifican las pausas forma parte de la misma decisión estructural. Pallasmaa recuerda que sólo una arquitectura que desacelera la percepción acumula continuidad y memoria. Lo que ocurre con la casa protege intervalos de atención densa, silencios compartidos y demoras necesarias.

Mirado así, lo doméstico aparece como un lienzo de capas superpuestas más que como un conjunto de piezas ensambladas. Cada gesto concreto influye a la vez en la forma, en el uso, en las relaciones, en los relatos y en los ritmos. La estructura deja de entenderse como artefacto portante para percibirse como una disposición atenta de umbrales, medidas y tiempos capaz de sostener cambios sin perder continuidad. La tarea consiste menos en clausurar esa trama que en aprender a leerla y ajustarla, como un mapa en corrección constante. De ese modo, lo doméstico se convierte en una forma siempre provisional de ajustar el mundo a la escala cambiante de nuestras vidas.


21 de noviembre de 2017

LA BICICLETA

Fijémonos en la bicicleta. Esa bella máquina. Su resultado ha llegado a ser tan depurado y exacto que apenas ha tenido que cambiar en décadas. Su lento perfeccionamiento no ha permitido otra cosa que la ambiciosa sofisticación de sus componentes. No se ha podido modificar la cualidad y cantidad de sus piezas, o sistemas de piezas. Como buena máquina que es, para ser, no se le ha podido quitar ni añadir nada más. Estamos ante un universo asumido y único. Tan es así que cualquiera puede dibujar y distinguir una bicicleta. Se sabe qué tiene que tener y cómo debe ser. Es inequívoca.

Si procediéramos a trastocar su sistema (geométrico, material y dimensional), a alterar significativamente cualquiera de sus piezas, simplemente conseguiríamos que dejara de ser una bicicleta. Probablemente llegaríamos a obtener una caricatura o un monstruo, pero no una bicicleta.

Su diseño, su designio, es tal que sólo podemos alterar sutilmente algunos de sus matices, pero nunca sus fundamentos. Porque cuando uno procede a vivir una bicicleta todo es y todo está claro. Se reconoce sin ningún esfuerzo su equilibrio, su finalidad y su potencialidad. Podríamos concluir amablemente que ya nos pertenece.

Apenas nos damos cuenta de la cantidad de máquinas que nos llegan a rodear. Son muchas y consiguen hacer y rehacer nuestro mundo. Algunas, incluso, se han naturalizado extraordinariamente y han dejado de percibirse como tales. Pero muchos de los objetos, instrumentos y artefactos que nos acompañan son, sencillamente, máquinas. Más o menos eficientes, más o menos adecuados, pero en definitiva máquinas.

Pero cómo se hace una máquina. O mejor. Qué es lo que hace que algo pueda ser entendido como una máquina. Porque un cuerpo lo es. Un planeta también. El completo cosmos. Su característica singularidad y propiedad, su autosuficiencia, su perfecta y armoniosa combinación de elementos y sistemas logran lo útil y lo bello. E incluso, a veces, lo sublime.

Un deseo. Nuestros edificios deberían ser maravillosas máquinas también. Qué si no. 

¿Damos una vuelta?

17 de junio de 2010

el movimiento continuo












La búsqueda del mito del movimiento continuo, representada con insistencia a través del secular diseño de la máquina del "móvil perpetuo", la máquina que pudiera realizar trabajo de forma ininterrumpida (perpetuum mobile) sin necesidad de aporte energético del exterior, resulta tan feliz como conmovedora.
Numerosos artefactos han sido propuestos a lo largo de la historia. Todos ellos realmente ingeniosos. Libres y descarados, no renuncian a su carácter hipotético aunque la experiencia de la primera ley de la termodinámica, la de la conservación de la energía, y la segunda ley de la termodinámica, aquella de la irreversibilidad y el incremento constante de la entropía, los anule por defecto.
Pero el espíritu humano se alimenta de la utopía.
No en vano, el curioso aparato del dibujo no fue concebido por un científico, sino por un poeta. Por un eficiente promotor de nuevos horizontes fantásticos. Elocuente y seductor, fue capaz de pellizcar las conciencias y protagonizar intelectualmente el comienzo latente de la revolución moderna.
Su autor fue Paul Scheerbart, el ideólogo del expresionismo alemán que en 1914 escribiera la arquitectura de cristal. Bruno Taut y sus contemporáneos, entre los que destacaron Gropius y Mies Van der Rohe, vieron en su verbo mucho más que un sueño. Vieron un camino. Una oportunidad.
Al igual que el "móvil perpetuo" la "arquitectura de cristal", en su literalidad, resulta físicamente imposible. Pero su carga propositiva es además de fértil muy esclarecedora. El espiritual y fascinante expresionismo alemán a penas sobrevivió a la primera guerra mundial , pero sus protagonistas supieron reconducirse con habilidad e inteligencia a través de la "nueva objetividad" y, de ese modo, plantaron una de las más fructíferas semillas del futuro de la arquitectura.
Luminosas arquitecturas de "cristal" pueblan el planeta.
Es obvio que la máquina del movimiento continuo no se puede fabricar pero es hora de darse cuenta de que, en realidad, tal cuestión resulta irrelevante. Lo que importa es que nuestra naturaleza humana, su virtuosa capacidad de crear, nos permite soñar en lo imposible para inventar lo real.
La brillantez mueve el mundo.


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18 de mayo de 2010

la góndola
















El sueño de la "torre de cristal ", cuyo origen se encuentra vinculado a la figura y obra de Mies Van der Rohe desde que en 1919 dibujara el visionario rascacielos de la Friedrichstrasse, iba a tener en su resolución un inconveniente tan prosaico como inesperado.
En 1950, cuando Gordon Bunshaft (SOM) y la Lever House de Charles Luckman se erguían en la Park Avenue de Nueva York, y su nunca antes vista fachada acristalada demandaba una estanqueidad no resuelta hasta entonces, surgió la ineludible necesidad de idear un modo de posibilitar la limpieza exterior.
La eficiente oficina de los SOM dedicó seis meses de esfuerzo continuado para encontrar el modo de resolver el problema en semejante escala. Fue en vano. Tuvieron que recurrir finalmente a los ingenieros de Jaros, Baum & Bolles, encargados de las instalaciones del edificio, en colaboracón con la Otis Elevator Company para inventar la solución.
Un ingenioso aparato móvil sobre raíles consiguió suspender en el perímetro exterior una plataforma de limpieza con los operarios dentro.
Es probable que se acertara a bautizarla "góndola" tiempo después por sus esbeltas proporciones y sus suaves movimientos oscilantes.
La prensa y los curiosos transeuntes de la ciudad de aquellos años no dejaron de hacerse eco de semejante espectáculo. Tan sorprendente como único.
Se iniciaba entonces la arquitectura denominada de "skin and bones", un lenguaje de matices y fina dialéctica entre etéreos cerramientos y nuevas soluciones volumétricas y estructurales. Las grandes superficies de vidrio iban a imponerse en todo el mundo occidental como referente cultural y económico.
La solución en aquel tiempo ideada, por sencilla y eficaz, hoy pasa desapercibida. Pero no ha podido ser mejorada.
Algunas máquinas sí cuentan.



























26 de febrero de 2010

escaleras mecánicas

Imaginemos el remoto momento en el que nuestros antepasados inventaron el mecanismo de las escaleras. El recurso físico de poder subir o bajar andando una pendiente con facilidad. La feliz ocurrencia de disponer sucesivos planos horizontales desplazados en vertical y diagonal con los que ir superando un cambio de nivel. Casi cualquier cambio de nivel.

Las escaleras han permitido durante milenios conquistar la vertical, traspasar obstáculos, de una manera tan sencilla como perfecta.

En consecuencia, el diseño de las escaleras, por inmejorable, no ha podido ser superado.

Pero la moderna inclusión de la electricidad en la edificación supuso desnaturalizar muchas convenciones. Incluir muchas posibilidades "ingeniosas".

Las escaleras mecánicas irrumpen en la arquitectura como un icono del maquinismo. No en vano fue un ingeniero el que a finales del siglo XIX las puso en funcionamiento por primera vez en la ciudad de Nueva York. Lo que provocó todo una explosión de novedad y asombro en los miles de usuarios que se apresuraron a vivir la experiencia. Toda una experiencia.

Hoy lógicamente ya nadie se sorprende de tal atrevimiento. Pero no hay duda que empezó siendo un alarde técnico para irse convirtiendo en un artefacto de lo más confuso.

Curiosamente, aunque su fin sea el opuesto, no creo que haya nadie que no se sienta un tanto incómodo al utilizar una escalera mecánica.

Es un artilugio muy ambiguo. Los escalones tienen una dimensión desproporcionada para subir o bajar andando cómodamente, aunque sistemáticamente la mayoría de las personas que las usan procedan a utilizarlas de ese modo. Cuando se va a entrar o salir se produce un momento tenso. Inseguro. De un calado tal que a menudo los ancianos, los niños o las personas con movilidad reducida tienden a evitarlas.

Pero lo peor es cuando, una vez en la plataforma elegida para iniciar el viaje, uno se descubre en una posición inquietante. El movimiento es dinámico y estático a la vez. Diagonal en el espacio. Y la posición relativa con respecto a los demás viajeros es poco menos que ridícula. No sólo se invade el espacio de proximidad a una altura inusual en situaciones de aglomeración sino que, a su vez, la mirada ha de forzar su dirección natural para evitar conflictos físicos.

Es un mecanismo elevador, transportador, que en teoría ayuda a las personas a no cansarse al salvar niveles. Pero si comparamos el valor de su eficacia frente a sus inconvenientes físicos y psicológicos se podría decir que es sencillamente mejorable. Por no entrar en cuestiones estéticas.

En arquitectura lo que se mueve suele ser conflictivo. Lo que tiene vocación de ser estable dificilmente puede funcionar como inestable.
¿Podríamos imaginar, por ejemplo, que la estructura portante de un edificio fuese mecánica?. Que se pudiera mover a voluntad para adoptar nuevas configuraciones o localizaciones.

Mucho me temo que no todas las transgresiones son afortunadas.

Los edificios tienden a incluir cada vez más comodidades pero, por favor, las escaleras que no sean mecánicas.
Que sean escaleras.