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13 de agosto de 2026

La paradoja de la paradoja

 



Hay pensamientos que sólo existen mientras se niegan a completarse. La paradoja pertenece a esa estirpe, y quizá por eso resulta tan difícil hablar de ella sin traicionarla. No es un problema que espera solución ni un error que aguarda corrección. Es una tensión que se sostiene precisamente porque nadie logra deshacerla, y en ese sostenerse encuentra su forma más elevada de existencia. Cuanto más se piensa, menos se resuelve, y cuanto menos se resuelve, más transmite, como si su fertilidad dependiera de permanecer siempre un paso por delante de quien intenta solucionarla.

La contradicción es su primer disfraz, el más visible y el que antes se confunde con el fracaso. Dos afirmaciones que se enfrentan de frente parecen anularse, y sin embargo puede haber un modo de sostenerlas juntas que no busca eliminar el choque sino interpretarlo, dejando que ambas sigan respirando al mismo tiempo, aunque la lógica colige que una debiera ceder. Donde el razonamiento ordinario descarta uno de los dos términos para no caer en el absurdo, este modo de especular se instala justamente en sostener lo irracional, y descubre que ese lugar imposible es el único desde el que puede aparecer algo evocador.

Ese mismo choque, cuando sale del pensamiento privado y se expone al criterio ajeno, se convierte en controversia, y ahí cambia de naturaleza sin dejar de ser el mismo animal. La contradicción que antes sólo incomodaba a quien la sostenía empieza a incomodar colectivamente, y esa incomodidad compartida es la señal de que algo puede y debe haber cambiado. Ningún planteamiento que roce lo comúnmente aceptado pasa inadvertido, y la resistencia que despierta antes de ser comprendida dice más sobre su valor futuro que la aceptación tranquila que pudiera nunca llegar. Lo que no despierta desacuerdo alguno suele limitarse a repetir, en otros términos, lo que ya se sabía, y por eso rara vez provoca nada alternativo.

Cuando la controversia se prolonga en el tiempo sin resolverse, empieza a aparecer la divergencia, la tercera máscara, la más silenciosa. Dos posiciones que nacieron de la misma inquietud pueden separarse hacia destinos que nunca volverán a tocarse, y esa distancia final no deshace el parentesco que las originó, apenas lo transforma en una disyuntiva, con una fidelidad que ya no necesita del reencuentro para seguir siendo cierta. Quien fragua soluciones sosteniendo lógicas que jamás se reconcilian dentro de una misma obra no está fracasando en su búsqueda de unidad, está proponiendo una coherencia distinta, menos pendiente del destino que del gesto compartido de creación.

Así, lo que empieza como contradicción íntima se traslada como controversia generalizada y culmina asentándose como divergencia alternativa, y sin embargo ninguna de las tres fases cancela a la anterior, porque no hay progreso real de una a otra sino variaciones sucesivas de una misma inquietud que cambia de forma según quién la interprete y desde qué distancia se decida refutar. Separar, a veces, no es romper. Hay ciertas verdades que sólo alcanzan su forma definitiva cuando renuncian a tener una sola, cuando aceptan quedarse partidas entre lo que fueron y lo que llegaron a ser sin dejar nunca su origen del todo atrás. Sin cerrar del todo ninguna conclusión. Quizá no haya otro modo de resolver una paradoja que dejándola, paradójicamente, sin resolver.


16 de julio de 2026

Tam magnus

 




Museo Nacional de Ecuador. Campo Baeza + MAODA. 2026


El tamaño nunca es un dato neutro, es siempre una decisión previa al establecimiento de cualquier medida, una forma de decidir cuánto se permite existir y cuánto espacio reclama verdadera atención. Nada posee tamaño por sí mismo, lo adquiere en relación con lo que se muestra próximo, física o mentalmente, así que cuando algo llega a crecer o decrecer deliberadamente no solo cambia su propia condición, modifica también la percepción de todo lo que lo rodea. Basta la prevalencia de lo grande para que lo inicialmente pequeño disminuya, y para que lo estricto empiece a sentirse insuficiente.

Hay un punto en que ciertas cosas dejan de formarse con armonía y empiezan a imponerse por pura fuerza acumulada. Koolhaas lo advirtió con destreza al observar ciertas presencias contemporáneas. Llega un momento en que ya no se hace necesario originar una idea brillante para que una construcción sea relevante, basta con que alcance una intencionada y acertada magnitud. A partir de cierta escala las partes del interior empiezan a ser independientes del exterior, y toda fachada se convierte en una serena máscara que oculta una realidad en permanente cambio. De ese modo no importa tanto si algo resulta bello, resulta relevante cuánto pesa, cuánto ocupa, cuánto se impone sobre su entorno inmediato. El tamaño, en ese punto, deja de ser un atributo más de lo material y se convierte en su razón de existir.

En contraste a esa lógica moderna aún sobrevive otra mucho más antigua, la que enunció Vitruvio al medir la realidad a partir y en consonancia con el cuerpo humano. Allí el tamaño no respondía a una voluntad de fuerza sino a una voluntad de proporción, a que cada parte de la totalidad guardara relación con las demás y con quien realmente la habita. Frente a crecer para imponerse, se puede crecer para acomodarse equilibradamente a la escala de lo humano. Ambas lógicas siguen conviviendo en una discreta tensión, y afloran cada vez que algo se dimensiona más allá de lo que su función estricta puede reclamar. Advertir esa tensión explica por qué ciertos espacios resultan entrañables, mientras otros, pese a ser funcionales, terminan por ser irrelevantes.

Lo interesante del tamaño acertado es que no solo impone, también constituye. Algo intencionadamente magno puede unificar funciones muy distintas, situaciones que aisladas nunca encontrarían sentido y oportunidad. El tamaño bien temperado deja de ser una mera ambición y se convierte en un instrumento vivencial, capaz de ordenar lo que de otro modo permanecería disperso. La decisión de tamaño, entendida así, puede ser una forma generosa de organizar la diferencia, siempre que ese dimensionado venga ponderado por una clara intención.

La buena dimensión nunca resulta gratuita. Toda magnitud proyecta consecuencias más allá de sus propios límites, altera lo cercano, la circulación que exige, la energía que consume, la imagen que se construye con el tiempo. Lo relativamente grande no ocupa en exclusividad un espacio físico limitado y definido, ocupa también un lugar en la consciencia colectiva de quienes se alteran con su presencia, con su particular manera de habitar. Por eso la verdadera trascendencia de una magnitud no está en cuánto abarca, sino en cuánto es capaz de provocar. Ahí reside, en definitiva, la lucidez del prodigioso tam magnus.


16 de febrero de 2026

Cadencia



 

Toda experiencia es un acuerdo sensible con la duración. No sólo con la recurrencia del tiempo plano y pautado, sino con el flujo cualitativo que se habita, con la esfera donde se perciben las verdaderas dimensiones de lo que transciende. Configurar un entorno es distribuir volúmenes y vacíos, pero también modular la intencionada métrica del compás perceptivo. Regular esa intensidad, decidir cómo la realidad se entrega a la vivencia, es dirigir el pulso de lo expresivo.

El paradigma contemporáneo impone rapidez. Por ello controlar el verdadero tempo de las presencias define el horizonte natural de lo posible. En esa constante tiranía de la forzada velocidad diseñar secuencias que no se sometan al vértigo de la aceleración, que se interrumpan con precisión, se convierte en una forma de resistencia y optimización. Sin caer en cultivar la nostalgia de la lentitud se propone una equilibrada forma de consonancia capaz de devolver espesor a la experiencia. Se trata de llegar a una alternancia calculada entre el impulso y la pausa, a una estrategia capaz de permitir recuperar el dominio del tiempo.

Vivimos bajo la opresión de la imagen instantánea, donde todo se reconoce antes de ser descubierto. Una ética de la pausa se opondría a esta simplificación. Se debería reivindicar la experimentación de esas zonas donde el significado no estalla de forma inmediata, reclamando su propia demora para revelarse. Resistirse al consumo voraz de la realidad implica oponerse a la confusión, además de lograr compensar con la certeza de que una adecuada profundidad requiere tiempo para desplegarse. Al igual que en la música la resolución armónica exige una atenta preparación, en el espacio intencionado la plenitud surge cuando la percepción encuentra su justo equilibrio temporal.

Este orden vital no pretende la sistemática de la uniformidad. Las repetidas transiciones deben entenderse como umbrales donde separación y vínculo coinciden. Cada evolución debe funcionar como un dispositivo dual en el que ni una continuidad disuelve las discordancias ni una ruptura aísla los fragmentos. La alternancia medida entre la urgencia y el reposo construye una geometría temporal que nos permite leer lo que acontece como una proposición articulada. La atención se sostiene en los contrastes, de modo que se percibe la penumbra al detectar la claridad. Se establecen así jerarquías de ímpetu, donde ciertos momentos reclaman protagonismo y otros se disuelven para diversificar las necesarias pausas.

El origen del término cadencia remite a la caída. Pero no en cuanto a un descontrolado desplome, en torno a una gobernada gravedad, aquella que acepta su propio peso sin precipitarse. Al no pretender imponer un ritmo mecánico externo se permite que cada acontecimiento encuentre su propia oscilación interna, su proporcionada vibración. Esta gravedad temporal tiende a rechazar tanto lo vacante como lo obligatorio. Se busca en todo momento ese punto dinámico de mesura donde cada gesto se sostiene con la energía justa, evitando que la experiencia se vuelva insustancial.

En un contexto saturado de estímulos, la gestión de la métrica supone una economía de la atención. No para aplanar la vivencia, sino para densificarla. Cada elección de velocidad vigilada es una asignación de valor, un decidir qué merece el detenimiento y qué la ligereza. Existe un territorio fructífero entre la atención forzada y la refleja, un espacio que se explora calculando cuándo exigir esfuerzo y cuándo permitir fluidez. Lo crucial no está en la cantidad de elementos concatenados, descansa en cómo la calidad de su distribución recoge la consistencia del trayecto.

Este enfoque quisiera saber habitar el intervalo, ese espesor que une sin confundir y separa sin romper. Ocupar entonces significaría cuidar el puente entre lo que se recuerda y lo que se imagina. Una gestión lúcida de lo temporal protegería el vínculo que permite que el pasado se abra al futuro sin obstruir el presente. Cada silencio en toda secuencia es una oportunidad para que la conciencia se reajuste. Todo vacío es un umbral lleno de posibilidades. Lo suspendido, lo dilatado, resulta tan determinante como lo materializado.

La buscada cadencia construida no pretende detener el tiempo ni acelerarlo indefinidamente. Aspira a reconocer que, entre la urgencia y la inmovilidad, se extiende un dilatado campo de ritmos posibles. Y provocar conscientemente cuál de ellos regirá nuestra experiencia es, quizá, una de las decisiones más trascendentes para dar forma a la realidad.

2 de enero de 2026

Huellas

 

Jacques Derrida (Steve Pyke)


Toda arquitectura nace de la sospecha de que el vacío original, el comienzo cero, es una ficción insostenible. No existe el inicio puro ni la inocencia de la fabulación de la tabula rasa. Cualquier acto fundacional, por profundo o precursor que éste sea, opera invariablemente como una reescritura sobre un sustrato previo que se resiste al olvido.

La huella, en su sentido más hondo, va más allá de la marca física de lo que está presente, se localiza en la insistencia oculta de lo que ya no está, pero sigue estando vinculado a través de la memoria. Es esa perturbación invisible, esa différance que detectaba Derrida, la que impide que cualquier realidad se cierre sobre sí misma como un objeto autónomo, recordándonos que la amalgama de significados que ostenta es siempre diferida, remitida a una veta anterior que nunca terminamos de capturar en toda su magnitud. Todo vestigio, como indicio, es el revelador rastro de lo que aparenta desaparecer, es la prueba de que el principio único nunca concurre, rompiendo la idea del presente absoluto.

Al actuar en proyección no se debe de imponer la novedad de la forma, sino aprender a reconocer lo que es expresivo y se encuentra latente. El espacio por crear nunca se va a encontrar despojado de referencias y narrativas, en cualquier caso va a venir cargado de una suerte de crónicas instintivas, de tiempos no ordenados, que se relacionan y solapan en tensiones simultáneas. Lo formado con sentido nunca es un escenario estático, se percibe como un dispositivo sensible, un mecanismo capaz de convocar el roce de todo lo registrado.

En coherencia, la mirada debería saber ser tan prospectiva como consecuente. Lejos de conformarse con la evidencia esencial, debería saber dirigir la atención hacia lo marginal, focalizar el interés hacia esos índices físicos que actúan como registros fósiles de los muchos procesos previos. La verdad activa de un lugar se encuentra a menudo en esos detalles menores que escapan al control operativo, en esos desplazamientos mínimos que revelan la fricción real entre la materia y el tiempo.

Ignorar esta carga medular es condenar la obra a una incompleta significación. Toda intervención que asume su condición de sedimento acepta ser un estrato más de una acumulación infinita de órdenes posibles. No busca imponer una verdad definitiva, sino acoger la singularidad de lo precedente con vocación de continuidad. La noción de la traza nos enseña, finalmente, que construir no es congelar un presente, sino tener la delicadeza de inscribir nuestra propia duración en la inmensa evocación del futuro.


21 de diciembre de 2025

Puzle de umbrales




Toda percepción de la realidad comienza por la sospecha de que lo que se presenta como continuidad está, en su conjunto, ciertamente dividida en fragmentos que nunca se comprenden por separado, sino a través de la manera en que deciden vincularse. No se reúnen piezas completas, sino lapsos activos. No se coleccionan imágenes acabadas, sino intervalos transformados. Lo que importa no es la suma de partes visibles, sino la trama de discontinuidades que ordenan lo que puede llegar a completarse. Cada interludio es un acuerdo entre diferencias que conforman una coherente inflexión. El mundo, así entendido, no se organiza por objetos plenos, sino por el mosaico de límites ensamblados.

En este discurrir, toda transición es mucho más que una línea de cruce. Supone siempre un espesor, un cuanto de tiempo y de atención. Concentrándose ahí la tarea de ajustar la medida del cambio sin perder ni el vínculo previo ni el posterior. Cuando Walter Benjamin distingue entre frontera y umbral, es para subrayar la frontera como línea de separación, y el umbral como zona de transformación, ligada a hábiles procesos de cambio de estado. La frontera rígida sólo interrumpe, allí donde la absoluta continuidad provoca indiferencia, pero el lugar intermedio, en cambio, introduce una variación graduada que permite reconocer la más completa dimensión de toda conexión. Su fuerza radica en la precisión con que combina separación y pertenencia. No limitándose a segregar, sino a calibrar la necesaria transición.

No se ocupan secciones homogéneas, sino secuencias enlazadas, detenidos tramos en los que el medio adquiere hábil grosor e intencionada modulación. Cada decisión, cada elección, cada incisión en la continuidad introduce porciones de jerarquía y comparación. Una mínima modificación del intervalo altera el régimen de lo perceptible. En cuanto a la delimitación de espacios y flujos el crítico Georg Simmel abordaba con acierto lo relativo a la distancia y la proximidad, y desarrollaba la imagen icónica de la puerta como símbolo característico del umbral en el que se crea y modula la separación respecto a una continuidad previa. La puerta encarna simultáneamente la conexión y la delimitación. La quiebra capaz.

Esta lógica extendida demanda una ética de la medida. La transición definitoria opera en la tensión de lo exacto. No se conforma con un equilibrio abstracto, sino que busca el grado justo de intensidad que se puede sostener sin caer ni en la escasez ni en la saturación. Cada borde mal ponderado, cada mutación insustancial, se puede propagar como una distorsión en cadena. Eliminar lo superfluo libera espacio a las diferencias que realmente importan. Ensamblar así, como una sucesión de elecciones precisas, sumadas, produce una estructura de gran alcance.

Pero la exactitud no es lo único que puede ayudar a la definición. Algunos umbrales alojan una singularidad que no se deja reducir al mero cálculo. Son puntos en los que un acento mínimo produce un desplazamiento desproporcionado en la comprensión, donde un solo matiz altera notoriamente la lectura del conjunto. No se trata de detectar aspectos ornamentales, sino de localizar pequeñas heridas en el código de interpretación que revelan su carácter accidental. El enigma de la transición, entonces, no es un mecanismo deducible, sino una máquina sensible a las posibles resonancias. Cada límite puede introducir, además de orden, una extrañeza que obliga a revisar los criterios de interpretación. Reconocer ese componente imprevisto no debilita la certeza, puede provocar una sutil claridad.

Entender la realidad como un tejido de decisiones discretas, graduales y a la vez inalterables puede determinar de qué manera algo llega a ser. Nada sucede realmente sin haber atravesado un sistema filtrado de afinaciones sucesivas. Lo que parece asentarse con naturalidad suele ser el resultado de una larga operación de ajuste en la que se han ido ensayando combinaciones, intensidades y renuncias hasta hallar ese punto en el que la transformación deja de reclamar atención, pero sigue sosteniendo con firmeza el desafío de la más exigente comprensión.

La verdadera hondura puede que resida en mostrar que la forma depende menos de los volúmenes estables que del delicado patrón de su fragmentación. Cada umbral articulado con lucidez y acierto amplía el campo de las posibilidades. Lo que no se ve sí cuenta.

12 de diciembre de 2025

El discreto secreto de lo concreto

 



W. Christaller. Teoría de los lugares centrales


Lo que se decide construir nunca es sólo una forma, es una cierta cantidad de mundo añadida al mundo. Cada decisión visible introduce una mesura más en el entorno, fija una dimensión, una duración, una intensidad de presencia que ya nunca pertenecerá a lo imperceptible. En ese plano, lo material no es únicamente una elección de sustancias, sino una elección de magnitudes. Cada precisión arrastra una extensa concatenación de consecuencias. Basta desplazar la atención para advertir que esa decisiva realidad es tan sólo el último estado de un proceso mucho más complejo y frágil. Antes de toda representación sensible y verificable ha tenido lugar una extensa y silenciosa negociación entre lo que podía ser pensado y lo que finalmente acepta hacerse responsable de su tamaño, de su medida y su carácter.

En ese tránsito entre lo abstracto y lo concreto, entre lo concebido y lo realizado, se produce una incontable serie de decisiones veladas. No suceden como grandes proclamaciones, sino que aparecen en el interior de cadenas de operaciones que pueden aparentar ser menores. Un ajuste de proporción, una corrección de escala, una renuncia a cierta dimensión, una variación compositiva en la cantidad admitida de materia o de vacío. Cada una de esas elecciones parece irrelevante, pero en su conjunto configuran el régimen de lo que se permitirá existir y posteriormente importar. Lo que de lejos aparece como un bloque compacto de realidad, de cerca se reconoce como un nutrido tejido de cortes, precisiones y graduaciones.

Lo concreto, entendido como aquello que se puede señalar y ocupar, surge así de una decidida secuencia de elecciones que rara vez se hace explícita. Elegir una regla es algo más que establecer una cómoda repetición, es fijar el intervalo mínimo a partir del cual algo puede empezar a influir. Preferir una determinada medida no es sólo resolver un uso, es declarar qué proporción se considerará aceptable. Cada decisión de escala redistribuye las jerarquías de lo circundante, modifica qué se percibe y qué permanece en la penumbra de lo contable. Nada tiene dimensión por sí mismo, toda presencia se adquiere al compararse con lo que le rodea. Una medida relativamente neutra se vuelve excesiva o escasa según el mensurado orden que la acoge. De este modo, cada nueva construcción altera el sistema entero de referencias.

En este entramado, La adopción de una geometría actúa como el lenguaje oculto de la forma decidida. No se presenta como adorno imaginario, sino como un sistema silencioso que ordena, alinea y reparte desviaciones. Una línea, una proporción, una repetición, una figura apenas deformada bastan para instaurar un idioma que no se lee literalmente y, sin embargo, se entiende y obedece. La forma visible es sólo el volumen de ese código oculto, lo que sostiene su coherencia es una sintaxis de relaciones que permanece implícita.

Lo más llamativo es que este régimen cuantitativo actúa con una peculiar moderación. No se presenta como teoría transmisible, se filtra en la rutina de las acciones, en los hábitos, en las inercias de lo que puede llegar a prevalecer. Bajo la apariencia de resolver condicionantes, decide cuánto se añade, en qué orden y con qué intensidad. Así, lo construido se convierte en un sistema de comparaciones permanentes, más que en un simple objeto aislado y neutral.

Quisiéramos rozar esa zona donde la precisión material deja ver su trasfondo. Allí donde una configuración parece indiscutible late todavía la memoria de otras posibles que fueron depuradas sin necesidad de formularse. En la exactitud de una proporción que ya nadie discute, en la serenidad de una escala que se acepta sin esfuerzo, en la medida que parece ajustada, en la habilidad de elección de una particular geometría, persiste la tenue vibración de una serie de decisiones que ha mostrado ser tan eficaz como elocuente antes que explícita. Es en esa reserva donde lo concreto adquiere su mayor poder. No tanto en lo que muestra como en la forma silenciosa en que se determina cómo, cuánto y de qué manera ocupamos el espacio. Y el tiempo.

Tal vez lo más significativo de este sumario sea su ausencia de énfasis. Las decisiones que marcan el carácter de una nueva realidad rara vez llegan acompañadas de grandes declaraciones. Se inscriben en la rutina de las correcciones, en los pequeños desplazamientos de cifras, en las muchas elecciones sustituibles y, sin embargo, se permiten quedar fijadas apenas sin esfuerzo. Cuando la obra parece simplemente existir con naturalidad es cuando más conviene sospechar que, detrás de esa certeza, se ha ejercido una extrema delicadeza de decisiones. Una nueva forma de medir. Y de ser.


ni menos ni más




Alexander Calder, Negro, blanco y diez rojos, 1957


En el entorno de comprensión de las posibilidades de actuación hemos venido heredando una doctrina ética que permite una consecuente estabilidad creativa. Una conducta moral por la que ha de prevalecer el interés por la conformidad y proporción del justo medio, evitando la falta de adecuación que conllevan los extremos, hallando la virtud en el equilibrio entre el defecto y el exceso. Por ello tendemos a encontrar la conciliadora mesura en el punto en el que lo que producimos no es ni insuficiente ni demasiado, procurando aquello que signifique imparcialmente lo necesario.

A lo largo de la historia se han venido explorado con mucha intensidad las sutilidades de la ponderación compositiva, la precisa proporción y la perfecta compensación, consolidando la idea de que el equilibrio no está sólo en la igualdad comparativa, sino en la medida y complementaria relación entre las partes. Se ha venido defendiendo la excelencia de que la forma y los materiales encuentren su coherencia gracias a la falta de artificio u ornamento superfluo, abogando por una honestidad material en la que cada elemento cumple su estricta función en integración con el conjunto. Se ha querido y sabido reivindicar la coherencia de la sensatez, la contención y el menos pero suficiente, aquella que logra que la calidad espacial evite caer en insensibles minimalismos ni en exagerados excesos formales. En cuanto al medioambiente se ha instaurado el rigor de ensalzar la máxima de que lo verdaderamente sostenible está en encontrar una moderación óptima entre la ocupación y el entorno, entre el consumo de los recursos y la satisfacción de las verdaderas necesidades, imponiendo no depredar ni escatimar, sino ajustar la acción a las verdaderas demandas del lugar y los ciclos de vida. Sin envidia ni codicia.

Sin tener que descender a una moderada aurea mediocritas, existe un estado de elección en el que por encima del descuidado desvío se encuentra la tensión de lo exacto. Encontrar la cumbre por la cual se logra el máximo balance entre lo alternativamente deseado y lo verdaderamente conseguido es, sin duda, lo más.   


3 de marzo de 2010

faltas de fragmentación



En la arquitectura reciente encontramos un recurso recurrente de transgresión figurativa. Su objetivo no es otro que poner en valor, enfatizar, los edificios que por su carácter y finalidad han de destacar en su entorno.
Es sabido que la principal virtud de la arquitectura es controlar la fragmentación. En definitiva, las cantidades. Existen numerosas leyes que vienen a definir las pautas frente a ésta cuestión básica.
Los estilos, las modas, han podido desarrollarse gracias a determinadas actitudes frente al problema de la fragmentación.
O la falta de ella.
Y es que, como si de faltas de ortografía se tratara, muchos edificios en los últimos tiempos han acudido a modificar intencionadamente el orden aprendido (y transmitido) de fragmentación con el único propósito de mostrarse diferentes. Con una presencia alterada.
Para provocar el extrañamiento.
Es un procedimiento bastante eficaz pero, para tener éxito, ha de contemplar una gran dosis de pericia técnica.
Históricamente, la fragmentación de la arquitectura ha venido de la mano de los sistemas técnicos utilizados. De los modos de construir. La fragmentación de la piedra nada tiene que ver con la fragmentación de la cerámica, del hormigón o del acero. Y, de modo más reciente, la inclusión de materiales compuestos a dado como resultado un sin fin de nuevas alternativas.
Construir un volumen extremadamente grande y continuo es complejo. No sólo por cuestiones prácticas sino porque en realidad a nadie se le escapa que en realidad sí necesita una fragmentación. Lo que sucede es que no se muestra. Es decir, supone conseguir un premeditado engaño a la percepción.
Del mismo modo, construir una pieza exageradamente fragmentada, supone un esfuerzo constructivo en resolución de juntas un tanto inverosimil. Lo que hace entender, de nuevo, que no estamos ante una fragmentación cierta sino ante una figurada.
Por ésta razón en la mayoría de los casos se cruzan éstas intenciones. Lo muy grande se conforma con un sumatorio incontable de piezas pequeñas. Y vicerversa, lo muy pequeño se consigue de manera práctica con imperceptibles piezas grandes.
La escala es siempre humana. Debe ser humana.

Explorar los límites es tarea de la buena arquitectura.
Y la búsqueda de una "nueva fragmentación" es parte del juego...








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