Joaquín Sorolla pintando la obra “Sobre la arena”
Toda vocación creativa alberga un
secreto que rara vez se confiesa. Aspira a la obra real, pero convive
largamente con la sospecha de que jamás abandonará el amplio territorio teórico
de lo enunciado. Ese recelo no delata defecto ni carencia de ambición, define
la atmósfera misma en la que respira quien se dedica a concebir sin llegar a
materializar, un aire enrarecido que acostumbra al pensamiento a moverse con
soltura mientras la mano permanece inmóvil, aguardando una realidad que no
termina de llegar.
Debajo de esa espera se agita un
antiguo litigio entre dos estados de existencia que suelen presentarse como
complementarios y que a menudo compiten sin descanso. El primero de ellos se
desenvuelve en una reversibilidad perpetua, en la posibilidad de corrección
infinita, en la contingencia siempre abierta de que lo pensado se rehaga sin
fin. El otro reside en lo definitivo, en aquello que, una vez decidido, deja de
pertenecer a quien lo concibió y pasa a formar parte de una circunstancia que
ya no admite corrección alguna. Aristóteles distinguía con precisión entre la
potencia y el acto, entre lo que puede ser y lo que finalmente es, y advertía
que ninguna potencia, por perfecta que resulte en su formulación, alcanza su
verdad plena mientras no pueda permanecer. Pero esa actualización no llega como
recompensa pasiva al final de una espera bien administrada, se conquista
haciendo, porque sólo la acción sostenida, repetida, corregida recurrentemente,
transforma la potencia latente en algo que finalmente puede existir. Quien
permanece confinado en el primer estado adquiere una destreza casi virtuosa
para perfeccionar aquello que nunca se someterá a la prueba de la resistencia
final. Quien accede al segundo momento pierde esa comodidad y gana, a cambio,
una responsabilidad que no admite atenuantes.
La distancia entre ambos estados
no se recorre por acumulación de mérito ni por maduración progresiva del
talento, como preferiría creer quien confía en la silenciosa justicia del
tiempo. Tampoco se recorre esperando a que la certeza preceda al primer paso,
porque el hacer no se limita a ejecutar lo ya resuelto, sabemos que se hace
haciendo, y en ese ejercicio mismo la idea original se ajusta, se contradice,
se enmienda a sí misma con una lucidez que ningún ensayo teórico puede llegar a
anticipar. La distancia se recorre, cuando se recorre, por el advenimiento de
una fugaz oportunidad que llega casi siempre a contratiempo, sin la gravedad
que merecería. Tiene algo de aparición súbita, de fisura inesperada en una
superficie que parecía impenetrable, y quien la reconoce demasiado tarde
descubre que ya se había cerrado antes de que pudiera aprovecharla con la
preparación debida.
Ahí reside la primera precaución
de este universo. La espera prolongada engendra un hambre capaz de precipitar
cualquier decisión en el instante en que finalmente se abre la grieta esperada.
La tentación de aceptar cualquier ocasión, sin discriminar su calidad, sin
exigirle el rigor reservado durante toda la travesía teórica, se presenta
revestida de urgencia legítima, casi de derecho adquirido tras tanta espera.
Ceder ante ella, sin embargo, equivaldría a desmentir, en el único instante en
que la desmentida resulta irreparable, toda la disciplina acumulada durante la
larga permanencia en lo virtual.
Conviene entonces distinguir, con
una lucidez que no siempre acompaña al entusiasmo, entre la ocasión que se
presenta y la ocasión que merece ser desarrollada. No toda grieta conduce a un
territorio digno de ser explorado. Algunas sólo prometen una salida aparente,
una forma degradada de consumación que satisface la urgencia sin honrar la
exigencia que la precedió. Heidegger, al reflexionar sobre el habitar y el
construir, recordaba que edificar no es una actividad cualquiera entre otras,
sino el modo en que el ser humano se instala verdaderamente en la tierra, y que
confundir la mera producción con esa instalación originaria empobrece tanto a
lo edificado como a quien lo lleva a término. La verdadera oportunidad exige
ser reconocida en su magnitud exacta, ni sobrevalorada por la desesperación de
la espera, ni menospreciada por una modestia que confunda humildad con
resignación.
La resolución de esta divergencia
no llega mediante un acto de voluntad aislado, sino mediante una disposición
sostenida que acepta pagar el precio de aguardar lo suficiente sin renunciar a
perfeccionar cada instrumento disponible mediante el ejercicio continuo de
hacer. Ese ejercicio, aunque modesto en apariencia, a menudo circunscrito a
tareas menores, constituye el único adiestramiento verdadero para el instante
decisivo, porque nadie aprende a construir observando cómo se construye, sino
construyendo, equivocándose y volviendo a intentar lo posible sobre la realidad.
Quien logra sostener esa disposición durante el tiempo necesario descubre que
la materia, cuando finalmente se le permite intervenir, no traiciona nunca la
espera, sino que la ensalza, revelando en su resistencia concreta una verdad
que ninguna elucubración anterior había logrado enunciar con semejante
solvencia.
Queda una certeza incómoda pero
capaz. La quimera de hacer no se disuelve con la obra alcanzada, porque cada
consumación desplaza de inmediato el horizonte de lo que todavía permanece por
realizar, y ese mismo desplazamiento exige volver a hacer, sin pausa, sin la
ilusión de un reposo definitivo tras la primera victoria. Ese desplazamiento
perpetuo, lejos de anunciar un fracaso, constituye la prueba más elocuente de
que la vocación sigue viva, de que ninguna resolución particular agota jamás la
exigencia mayor que la hizo posible, y de que sólo hacer, una y otra vez,
sostiene abierto el camino hacia lo que todavía no existe.


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