“Debemos obrar como hombres de pensamiento; debemos pensar como hombres de acción.”
Henri Bergson
El tren se detiene un instante en
Clermont-Ferrand, y Bergson, joven todavía, profesor de provincias antes de la
gloria parisina, baja al andén para estirar las piernas mientras espera el
enlace. El aire de la mañana huele a hierba mojada, y algo en esa quietud
campestre le devuelve una pregunta que le persigue desde hace meses, la de por
qué ciertas verdades llegan enteras y otras exigen ser perseguidas paso a paso
hasta agotar la paciencia.
Piensa en sus propios alumnos, en
cómo abordan un problema rodeándolo, multiplicando definiciones, comparando
casos, acumulando puntos de vista sin nunca instalarse dentro de la cosa misma.
Ese rodeo tiene su mérito, produce mapas detallados, aunque ningún mapa, por
minucioso que sea, coincide jamás con el territorio que describe. Bergson
sospecha que existe otra vía, menos ilustrada porque es menos transmisible, la
de quien deja de rodear el objeto y se transporta a su interior, coincidiendo
por un instante fugaz con lo que ese objeto tiene de irrepetible.
El tren reanuda su marcha, y el
paisaje empieza a desfilar con la regularidad obstinada de un razonamiento bien
construido, un campo tras otro, una valla tras otra, cada elemento encadenado
al anterior sin sorpresa posible. Bergson mira ese desfile ordenado y piensa
que así avanza el pensamiento deliberado, siguiendo un curso predecible,
verificando cada tramo antes de conceder el siguiente. Pero recuerda también
los raros momentos en que su propia mente ha procedido de otro modo, sin
recorrido previsible, apareciendo como un destello en un lugar distinto, como
si una imagen completa hubiera decidido presentarse sin aparente conexión.
En el vagón viaja también, sin
que él lo sepa aún, el protagonista de una futura anécdota que un joven
matemático le confiará por carta más adelante, la de una tarde en que, subiendo
distraído a un tranvía de su ciudad, se le presentó la solución entera de aquel
confuso problema abandonado durante semanas, sin relación aparente con todo el denodado
esfuerzo previo por desvelarlo. Bergson todavía no conoce ese relato, pero algo
en el traqueteo del tren, en esa manera de avanzar sin que el viajero decida
cada rueda que gira, le insinúa ya la misma verdad, la de que ciertas certezas
no se alcanzan caminando, sino que llegan mientras se viaja distraído hacia
otro asunto.
Piensa entonces en las dos clases
de presentimiento que ha creído distinguir en sus propios alumnos más dotados.
Está el vaticinio que crece despacio, alimentado por años de miradas distraídas
sobre problemas diversos, por fracasos que dejaron sedimento, aunque no se
supieran explicar entonces, y que consigue resistir después cualquier escrutinio
porque su raíz es profunda. Y está la otra premonición, apresurada, nacida de
la urgencia de entregar algo antes del plazo, que se disfraza de hallazgo
durante un brillante instante y a menudo se deshace en cuanto se le exige
sostenerse por sí solo.
El revisor anuncia la próxima
estación, y Bergson recoge sus papeles pensando ya en la clase de esa tarde, en
cómo explicar que ninguna intuición verdadera llega vacía, que necesita, antes,
todo el trabajo aparentemente estéril de haber rodeado el problema durante mucho
tiempo, porque solo esa insistencia deja los materiales dispuestos para que la
coincidencia final tenga algo con que fundirse. Y piensa también que después de
cada certeza súbita llega inevitablemente la razón, no para desmentirla sino
para levantarle los apoyos necesarios, para trazar retroactivamente el camino
que la justifique ante quien no estuvo allí cuando surgió.
Al bajar del tren, camina
despacio hacia el liceo, dejando intencionadamente un margen de su atención sin
ocupar, gratamente disponible, como quien sabe que la próxima idea importante
no llegará por haberla perseguido con ansiedad, sino por haber dejado, en algún
rincón de la jornada, sitio suficiente para que se instale sin avisar.


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