Toda idea brillante comienza con
una súbita adhesión. Antes de ser comprendida ya ha podido ser reconocida, y
esa elegida anticipación le otorga una autoridad no justificada. La mente
reconoce en ella algo que no sabría explicar y la distingue oportunamente de
cuanto la rodea. Ese reconocimiento previo a la razón es el primer rostro de la
invención, término que la tradición atribuyó a la facultad llamada ingenio.
Pero el ingenio encierra, a pesar
de su complacencia, una paradoja. Procura designar lo innato, aquello que
precede a toda elección y se contempla sin haber sido solicitado. Una capacidad
así no puede reclamar como propio el fruto de lo que produce, porque su origen
es siempre anterior a la voluntad de quien la ejerce. Quien llega a ser capaz
de inventar ocupa una posición ambigua, entre la autoría del hallazgo y la
circunstancia donde el descubrimiento brota.
Esa ambigüedad obliga a revisar
la creencia de que lo inesperado llega sin antecedentes. Responde a una
disposición previa, a un orden latente que esperaba su ocasión, y por eso la
novedad se parece más a un reconocimiento que a una aparición. Todo hallazgo
supone un deseo de volver al punto donde las cosas aún no tenían forma
definitiva. Allí lo posible no se había decidido, y de esa indecisión procede
la fuerza de cualquier comienzo.
Brancusi comprendió ese deseo con
una radicalidad poco común. Retomó una misma figura durante años y la fue
despojando de cuanto el parecido había acumulado, hasta alcanzar una forma
ovoide, pulida, capaz de devolver la luz sin retener anécdota alguna. Su obra
enseña que reducir hasta lo esencial exige conocer con detalle aquello de lo
que se prescinde. La sencillez es el resultado de ese conocimiento y jamás su
punto de partida. Lo primigenio se alcanza por sustracción paciente, y su serenidad
es el fruto de una larga tarea de selección activa.
Alumbrar aporta entonces lo que
la rapidez del ingenio no llega a proporcionar. Supone otorgar nitidez, y la
nitidez necesita un tiempo sostenido. Lo que brilla un instante revela una
posibilidad. Lo que permanece iluminado permite ser reconocido, comparado y
decidido en su continuidad. Esa nitidez devuelve su valor a los orígenes. Una
forma ampliamente depurada funciona como punto de partida compartido, como un
terreno común desde el que pueden desplegarse realidades distintas sin
traicionar su fundamento. Lo mínimo, bien hallado, contiene más futuro que
cualquier acumulación. Toda iluminación implica además una selección, pues
muestra ampliada la parte irradiada y oculta otra en la sombra. Una lucidez que
ignora sus límites se confunde con el deslumbramiento y acaba cegando aquello
que pretendía mostrar.
Por todo ello el acto de alumbrar
demanda una modestia particular. La luz pertenece a lo iluminado antes que a
quien la consigue desvelar. El acto creativo más experto se toma su tiempo y
deja que lo hallado evolucione en sus propios términos. Entre la chispa y la incesante
luz se sitúa toda la labor creativa. La urgencia de lo posible y la paciencia
de lo verdadero se tensan entre sí, y ninguna basta por sí sola. Ambas se
necesitan con una inquietud recurrente. El verdadero descubrimiento se hace posible
en el momento en que esa tensión se estabiliza lo suficiente para que lo
latente pueda ser percibido, y finalmente perfeccionado.
A quien crea le corresponde
acercarse a lo primigenio sin pretender poseerlo, le incumbe hacer que lo que
existía sin haber sido reconocido adquiera presencia, y de ese modo entregarlo
con la consistencia justa para que otra realidad pueda comenzar.


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