Lo que una época describe con
insistencia acaba adquiriendo, con el tiempo, derecho de existencia. La
imaginación opera como una ley silenciosa que acumula precedentes, y la
realidad termina limitándose a corroborarlos. Por eso inquieta la comodidad con
que lo sombrío se ha convertido en el tono de lo serio. Una visión constante
del desastre exige poco a quien la formula, porque le basta consentir la
inercia, y sin embargo le devuelve una apariencia de acierto y profundidad.
Así, lo oscuro se confunde con lo lúcido, ya que nadie suele exigirle pruebas,
y conviene sospechar de una resignación que se presenta vestida de
clarividencia.
Imaginar lo favorable resulta
paradójicamente más arduo, pues una hipótesis benigna debe sobrevivir a un
recelo que la adversa nunca padece. Ha de someterse a la constante prueba de la
materia y resistir el pesaroso escrutinio de quienes desean verla fracasar. De
ahí que el optimismo más productivo funcione como un hábil método de
perspicacia, una forma de atención que obliga a encontrar el mecanismo por el
cual algo mejor sería realmente posible. Su fundamento podría llegar a ser
biológico, pues lo vivo avanza perfeccionando sus acoplamientos y el sentido de
un organismo depende de la finura con que se ajusta a aquello que lo sostiene.
Durante siglos, la civilización
vivió del tiempo almacenado. Quemó luz antigua, condensada a lo largo de eras
remotas, y obtuvo de ello la ilusión de un presente sin horarios ni estaciones,
siempre disponible e indiferente al clima y al crono. Cambiar el origen de las
fuentes supone cambiar de relación con la duración. Saber depender del sol hace
mirar el cielo y reconocer que la energía llega con un ritmo, con un compás,
que termina gobernando el caos de lo aleatorio. Esa dependencia restituye así
la necesaria cadencia, y con ella una conciencia del instante que la abundancia
había aletargado. Se trata, en suma, de armonizar el medio con aquello que nos
sostiene.
Esa afinación transforma, a su
vez, la idea heredada de artefacto. Durante largo tiempo el ideal fue lo
cerrado y lo autosuficiente, una pieza indiferente a su entorno que se bastaba
a sí misma y podía, por ello, colocarse en cualquier lugar de cualquier manera.
Hoy se perfila otra figura, la de la que respira, se repara y adapta, y con
ello acepta su caducidad. La obra se entiende como un acuerdo de permanencia
con aquello que la rodea, y su calidad depende de la delicadeza con que
consiente ser transitoria. Con ello la materia deja de ser un depósito de
existencias y pasa a concebirse como algo activo que crece, resiste y regresa
sin dejar deuda. Proyectar presencias se parece entonces a crear condiciones y
a renunciar, con elegancia, a dominar el desenlace.
Del mismo modo cambia el sentido
de la autonomía, que suele imaginarse como un cauto repliegue cuando conviene
entenderla como una densidad de vínculos. Quien depende de otros muchos queda
menos expuesto a la falibilidad, y una comunidad que reparte la capacidad de
decidir distribuye también el riesgo y la memoria. En este punto aparece un
criterio que merece más atención de la que recibe, la conectividad. Una técnica
que cualquiera puede comprender y reparar admite ser heredada, mientras que
otra, opaca y centralizada, sólo admite ser obedecida. Entender el
funcionamiento de aquello que nos mantiene constituye, por ello, una forma
elemental de libertad.
Con todo, las intenciones más originales
y generosas corren un riesgo particular, el de convertirse en un simple estilo,
en una pose que se adopta sin asumir sus consecuencias. Cuando una virtud se
reduce a mera apariencia queda neutralizada, porque satisface a todos sin
transformar nada. Para evitarlo hace falta legítima autoría, es decir, que
alguien responda con elevado criterio por lo que se propone, por lo que se
preserva y por lo que se rechaza, al igual que por las deliberadas ausencias.
Una forma de vida se acredita por el cuidado de quienes la practican y se
desacredita por la contemplación pasiva de quienes tan sólo la exhiben, de
manera que su legitimidad se mide en la verdadera atención que procura.
Detrás de todo ello late una
invitación a modificar la mirada. Lo posible rara vez se inventa y casi siempre
se reconoce, pues el presente guarda en sus muchos pliegues alternativas que su
propia coherencia fue aislando. Basta una atención suficientemente paciente
para devolverles visibilidad, y entonces lo que parecía un residuo se revela capaz
y lo que se creía una meta se descubre como un inevitable umbral. El
pensamiento favorable ejerce un rigor tan severo como el crítico, aunque se
aplique a descubrir qué merece ser prolongado. Aprender a ver de ese modo es ya
una manera de construir lo positivo.
Esta actitud altera, por último,
la escala del tiempo en que se obra. Muchas de las cosas valiosas que habitamos
fueron dispuestas de manera anónima, y ese vínculo mudo, apenas advertido,
constituye quizá la forma más sofisticada de relación humana. Construir con tal
conciencia desplaza la ambición desde la permanencia del gesto hacia la calidad
de las condiciones que consigue perpetuar. Por eso ninguna aspiración de esta
clase concluye del todo, ya que cada logro desplaza el horizonte y esa nueva
distancia mantiene atrayente cada tarea. El día en que lo imaginado coincidiera
por entero con lo realizado, nadie tendría motivo para seguir evolucionando.
Quizá la propuesta más ambiciosa
consista en cambiar el verbo con que se piensa el porvenir. Esperarlo lo
convierte en destino, predecirlo en amenaza y, por el contrario, cultivarlo en sana
expectativa. Optar por la labranza descubre que el futuro se parece más a un hábito
que a una llegada, a la práctica de volver la mirada hacia donde lo vivo puede crecer.


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