Zollverein School. SANAA
La palabra azar guarda dentro una
pequeña flor blanca, el azahar del naranjo, cuyo símbolo los árabes gustaron de
tallar en una cara de las ancestrales tabas para poder determinar el eventual
lance favorable. Ese detalle de antaño se fue alterando hasta llegar a la
abstracción de los dados, que en busca de lo aleatorio llevaron a transponer el
término azar a lo que resulta sujeto a la casualidad. Al albur, la eventualidad
y la fortuna. Esa superficie dotada de indiferencia latente hizo que la flor evolucionara
hacia un espacio vacío de sentido incierto. Un vacío que logra contradecir el
pensamiento deliberado, aquel que no tiene saltos fortuitos. El azar interrumpe
internamente los procesos lineales, al carecer de forma previa sólo se
manifiesta cuando se ensaya una determinada contingencia.
Pudiera ser ofensivo admitir que
una idea valiosa estaba previamente dispuesta, esperando, y que con sólo un casual
tropiezo pudiera salir a la superficie. Esto desmonta la vanidad de creer que
el pensamiento produce lo nuevo desde la nada, cuando en realidad lo nuevo
llevaba tiempo formándose tras un pliegue incierto. Con todo, conviene
distinguir dos formas muy distintas de azar, suelen confundirse. Existe el azar
que padecemos, el resultado que no avisa y que en algunas lenguas cercanas
terminó fundiéndose con la mala suerte, y existe otro azar, más lúdico, que no
llega desde ningún lugar exterior, sino que estaba ya presente, disuelto en la
estructura misma de un determinado pensamiento, como una tensión sin resolver
que aguardaba su ocasión. Este segundo azar no crea nada nuevo, activa el
destino de lo presente, y por eso resulta más inquietante que el simple
accidente, porque revela que lo imprevisto formaba parte, desde el principio,
de lo que creíamos controlar por defecto.
Esa latencia tiene algo de fértil
paradoja, porque cuanto más se organiza un pensamiento, más se acumulan en sus
intersticios posibilidades no realizadas, ideas que la coherencia del sistema
fue aislando sin eliminarlas del todo. El azar no inventa esas posibilidades,
las consigue despertar, y por eso su aparición nunca resulta del todo extraña,
siempre trae consigo un cierto eco de reconocimiento, como si lo nuevo hubiera
estado esperando su turno en algún repliegue de sí mismo. Los sistemas
cerrados, por rigurosos que sean, no están vacíos de futuro, están llenos de
futuros dormidos que ninguna lógica interna se atrevía a despertar, y esa
acumulación silenciosa es quizá la verdadera reserva de todo pensamiento activo,
más determinante que cualquier regla explícita que lo pretenda gobernar.
Hay también algo temporal en esta
cuestión que rara vez se nombra. El pensamiento deliberado avanza siempre
mirando hacia atrás, corrigiendo, ajustando, comparando cada nueva idea con las
anteriores para mantener la coherencia del conjunto, mientras que lo relativo a
lo latente no mira hacia atrás porque ya estaba antes de que hubiera memoria
que lo condicionara. Se descubre. Aflora. Su tiempo es distinto, resulta más
lento, subterráneo, ajeno al ritmo de la deliberación. Esa temporalidad propia
es precisamente lo que permite que aparezca algo verdaderamente distinto,
porque únicamente lo que madura fuera del control inmediato puede introducir
una diferencia real en la cadena de decisiones, y esa maduración oculta explica
por qué las intuiciones más certeras suelen llegar sin previo aviso, como si
hubieran estado gestándose en un tiempo paralelo que la conciencia despierta no
alcanzara a vislumbrar.
Queda, al final, una intuición
difícil de demostrar, pero difícil también de descartar. Tal vez el pensamiento
más vivaz no sea el que controla mejor sus pasos, sino el que sabe advertir,
bajo la superficie ordenada de sus certezas, la vibración de lo que aún no se
ha manifestado. Sostener esa alerta exige una disposición extraña, mitad
paciencia mitad desconfianza hacia las más inmediatas conexiones. La flor
tallada en la taba nunca garantizó nada, apenas anunciaba una posibilidad que
ya estaba escrita en el hueso antes de la tirada, y quizás esa sea, todavía, la
función más honesta del azar en cualquier proceso que aspire a producir algo alternativo,
no la de decidir previamente, sino la de recordar que casi todo lo valioso
lleva tiempo esperando, oculto, latente, a que alguien consiga por fin a desvelarlo.






