and architecture, hand made architecture

27 de noviembre de 2017

EL DIBRUJO

"En manos del arquitecto, el lápiz constituye un puente entre la mente que imagina y la imagen que aparece en la hoja de papel; en el éxtasis del trabajo, el dibujante olvida tanto su mano como el lápiz y la imagen emerge como si fuera una proyección automática de la mente que imagina; o quizá sea la mano la que verdaderamente imagina en tanto que existe en la vida del mundo, la realidad del espacio, materia y tiempo, la condición física misma del objeto imaginado."
(Juhani Pallasmaa, -la mano que piensa-. 2009)


Las destrezas, la inteligencia creativa y las capacidades conceptuales de todo aquel que busca satisfacer un resultado físico pasan siempre por el canal de nuestra extremidad más preparada, más hábil y capaz, y allí se produce una suerte de traducción mágica, inesperada. Emerge una fascinación, una atracción incontrolada, un hechizo que traslada la atención, y disloca el significado.
Debajo del dibujo de la mano atenta hay mucho más que una representación. Aparecen códigos de interpretación que surgen de la memoria y de esa sabiduría que, efectivamente, es existencial pero también corporal. La mano detenta un poder de transformación y figuración inmenso. El lápiz dibuja no sólo lo que ve, también lo que se puede llegar a ver, más allá de lo inmediato. Y esa generosa amplitud provoca que la mano y su dibujo sean capaces de alterar el ánimo y la intención.
A veces, muchas veces, da la sensación de que el dibujo no naciera de la mente del que lo realiza. Pareciera que tuviera vida propia y surgiera de un lugar no reconocible. Pero la mano, es palpable, ha sido quien lo ha producido. Sus movimientos, podríamos pensar que inconscientes, han derivado en un producto tan esencial como asombroso. Está ahí y su lectura y traducción pueden llevar a nuevas reflexiones y sensaciones. No sé sabe porqué, pero dice cosas que antes de aparecer ese dibujo no estaban.
De nuestra capacidad de sorpresa y embrujo ante lo que trasluce la mano depende nuestro poder de transformación.
No en vano el verbo dibujar viene del francés "deboisser", literalmente -labrar en madera-. Y de ahí se ha venido a conjugar todo lo relacionado con debastar, esbozar, esculpir... y obrar.

Cuánta madera.




21 de noviembre de 2017

EL AIRE NO PESA

Al igual que el océano está formado sobre todo por agua, la arquitectura está hecha principalmente por aire. Aun así lo que determina lo que sucede en el océano, y en la arquitectura, no es otra cosa que lo que no es agua, o aire. Continente y contenido son dispares, alejados, y nunca coincidentes.

Cuando nos referimos a la materia con la que se define la arquitectura damos por hecho que contiene aire, espacio, posibilidad vivencial y emocional. Pero toda esa capacidad “portante”, necesitada inevitablemente de materia y peso, de cantidad y de fuerza, no tendría sentido sin que su atenta disposición provocara un intencionado vacío, una clara ausencia de materia y peso, una provocada ausencia de cantidad y de fuerza.

Hay quien afirmó que “toda estructura consiste en cómo y dónde colocar los agujeros”, y también sentenció que ”si se piensa en los vacíos, en lugar de trabajar con los elementos sólidos, la verdad aparece...”. Buscando, a su vez, el hábil símil del traje ejecutado sabiamente mediante entramados materiales, ajustados y provocados por la talla y la intención del vestir. Entendiendo la forma arquitectónica como un propósito tan abierto como exacto, capaz de satisfacer las necesidades últimas de los vacíos.

La materia arquitectónica siempre dispone lo que va a provocar que no haya materia. El orden y naturaleza de esa materia es tal que avanza y condiciona su interrupción, su desaparición. No existe la arquitectura sin ausencias de materia. Y es precisamente el valor de lo que no es materia lo que hace la arquitectura. No existe la música sin silencios.

La recurrente pregunta de “cuánto pesa tu edificio” se debería resolver de forma no inmediata, desviando la atención de lo que envuelve y conforma a una atenta expresión y definición de todo aquello que queda contenido. Buscando en la respuesta una suerte de unidad de medida que desde su cualidad trascienda de las toneladas físicas para devenir las virtudes inmateriales.

¿Medimos?

LA BICICLETA

Fijémonos en la bicicleta. Esa bella máquina. Su resultado ha llegado a ser tan depurado y exacto que apenas ha tenido que cambiar en décadas. Su lento perfeccionamiento no ha permitido otra cosa que la ambiciosa sofisticación de sus componentes. No se ha podido modificar la cualidad y cantidad de sus piezas, o sistemas de piezas. Como buena máquina que es, para ser, no se le ha podido quitar ni añadir nada más. Estamos ante un universo asumido y único. Tan es así que cualquiera puede dibujar y distinguir una bicicleta. Se sabe qué tiene que tener y cómo debe ser. Es inequívoca.

Si procediéramos a trastocar su sistema (geométrico, material y dimensional), a alterar significativamente cualquiera de sus piezas, simplemente conseguiríamos que dejara de ser una bicicleta. Probablemente llegaríamos a obtener una caricatura o un monstruo, pero no una bicicleta.

Su diseño, su designio, es tal que sólo podemos alterar sutilmente algunos de sus matices, pero nunca sus fundamentos. Porque cuando uno procede a vivir una bicicleta todo es y todo está claro. Se reconoce sin ningún esfuerzo su equilibrio, su finalidad y su potencialidad. Podríamos concluir amablemente que ya nos pertenece.

Apenas nos damos cuenta de la cantidad de máquinas que nos llegan a rodear. Son muchas y consiguen hacer y rehacer nuestro mundo. Algunas, incluso, se han naturalizado extraordinariamente y han dejado de percibirse como tales. Pero muchos de los objetos, instrumentos y artefactos que nos acompañan son, sencillamente, máquinas. Más o menos eficientes, más o menos adecuados, pero en definitiva máquinas.

Pero cómo se hace una máquina. O mejor. Qué es lo que hace que algo pueda ser entendido como una máquina. Porque un cuerpo lo es. Un planeta también. El completo cosmos. Su característica singularidad y propiedad, su autosuficiencia, su perfecta y armoniosa combinación de elementos y sistemas logran lo útil y lo bello. E incluso, a veces, lo sublime.

Un deseo. Nuestros edificios deberían ser maravillosas máquinas también. Qué si no. 

¿Damos una vuelta?

OPORTUNIDAD

La cualidad más valiosa de toda acción propositiva es disponer de un medido enfoque y una cuidada intención con la que conmover emocionalmente. Conseguir despertar asociaciones que estimulen el pensamiento. Ser capaz de entender la solución de una manera acertada y conveniente. Distinguir recursos ventajosos y encontrar las claves que expliquen la solución óptima a partir de un ejercitado sentido de la oportunidad.

Saber detectar y hacer valer la oportunidad, esa condición con la que encontrar una apertura a una excepcional solución favorable, se emparenta siempre con una particular actitud pragmática. Con un impulso creativo y estratégico que tiene como vehículo esencial la invención, utilización y aplicación de nuevas verdades y que mantiene como finalidad el ensalzamiento de lo útil para conseguir el éxito.

El método pragmático se aleja premeditadamente del científico. Es preferentemente experimental y se contrapone a lo únicamente racional. Es puro individualista, y se distancia intencionadamente de lo entendido como social o colectivo. Es espontáneo y evita una excesiva planificación. Practicando el oportunismo de la conveniencia, es decir, tomando ventajas instantáneas sobre las eventuales circunstancias propicias, toda realidad deja de ser científica, irrefutable y única, para pasar a ser una creación abierta y circunstancial del que practica una particular forma de idealismo subjetivo. Todo objeto se somete entonces al intangible factor humano, mostrándose alejado del mundo únicamente material. 

Desde su dimensión práctica, ese incisivo aprovechamiento de la oportunidad consigue ser un método aplicado a la inteligencia creativa, anti intelectualista y empático, que evoluciona gracias a la decidida supresión de dogmas o doctrinas. Un actuar ventajoso, en tiempo y forma, que renueva y reinterpreta las verdades preconcebidas mediante la adaptación constante de las creencias desde una atenta aplicación de las experiencias individuales. Practicando una confrontación, una constante crítica y una flexibilidad de acuerdos que viene a escenificarse mediante la definitoria dinámica de la conversación, de la disponibilidad de llegar a la verdad a través de la experiencia particular al ser contrastada sistemáticamente con las de los demás. Frente a la objetividad colectiva científica se presenta la subjetividad individualista pragmática. Abandonando, por tanto, la búsqueda de la certidumbre y la integridad y reposicionando la labor del arquitecto dentro de un contexto heterogéneo e inestable en el que se puede dar una fluida y adaptativa creatividad. Con ello, el saber abandona conscientemente lo teórico y pasa entonces a ser, además de eminentemente crítico, técnico y metodológico. Adaptado en todo momento a las condiciones cambiantes del presente. Ese presente individualista y relativo que se traduce en no deber nada al pasado ni a ningún destino colectivo. 

Se impone cultivar las cualidades que provienen de la oportunidad y llevarlas a cabo mediante un lúcido ejercicio de innovación. Cuando el utopismo dejó de significar lo irrealizable, pasando a ser todo aquello que promoviese una lectura imaginativa para proponer acciones que optimizaran el mundo, se impuso el pragmatismo que aceptó como posible todo lo que puede significar el máximo beneficio.

El valor de un acto se juzga por su oportunidad.

CONVERSACIÓN

Pudiéramos pensar que cuando utilizamos el término conversación nos acercamos a describir lo que entendemos por diálogo, y por extensión por monólogo, pero en realidad son expresiones distantes. Tener una conversación queda alejado de impartir o imponer lógicas o desafíos duales o individuales. Se emparenta de forma más precisa con agruparse intencionadamente para proceder a dar vueltas decisivas sobre algo, sin saber necesariamente cuál va a ser el resultado final. No en vano el latino -versare- indica movimiento, cambio, transformación. La disponibilidad a la conversación denota voluntad de adaptación, de ajuste y acomodo. No se trata de convencer, se trata de vencer la incertidumbre mediante la apertura frente a la disposición común (de ahí que la "conversión" se refiera a cambiar de religión). Conlleva por tanto volver y devolver de manera frecuente los criterios de unos con los otros. En definitiva se trata de entrelazar, entablar vínculos aproximativos dentro de un colectivo con intereses comunes. 

A menudo se concibe con cierta ingenuidad que hacer arquitectura es un acto individual. Pero rara vez es así. La arquitectura es siempre una actividad compleja, y provoca dinámicas de una diversidad tan intensa como recurrente. Por ello acudir al recurso de la conversación, activa y perspicaz, es la más atinada imagen de la actitud pragmática que se hace necesaria. La praxis arquitectónica incide en la conveniencia de la confrontación, en cultivar y definir la actitud crítica en busca de acuerdos colectivos. La arquitectura para ser posible debe ser algo compartido, discutido y acordado por muchos. Estamos ante una disciplina, experta y útil, que atiende a intereses y objetivos múltiples.

Acudir a practicar una conversación no es sólo buscar conciertos convenientes, es sobre todo asumir que se debe abrir la capacidad de respuesta a todo aquello que haga coincidir los muchos intereses en juego. Conversar es conocer, y también reconocer, todo aquello que importa.

Hay que concluir que saber conversar llega a ser indispensable para tener éxito. Y es que tener éxito, tener una salida triunfante, se demuestra que no depende sólo de uno mismo.

Qué es lo que hacemos sino una conversación.

DES-CUBRIR

Como buscadores de sorpresas eficaces nuestra capacidad creativa puede quedar mermada por la existencia de demasiadas capas de información. Dificultada por una densa cobertura de hipótesis inconscientes, conceptos heredados e ideas no expresadas. Sólo conseguimos liberarnos de manera efectiva cuando, desde la práctica de un pensamiento lateral, somos capaces de impedir las valoraciones preconcebidas, las rígidas polarizaciones, y procedemos a deshacernos de los patrones del pensamiento inflexible. El feliz descubrimiento sólo surge cuando somos capaces de desarrollar nuevas alternativas, dejamos de aceptar las suposiciones automáticas y dudamos de lo anticipado. 

Pero para reconocer las suposiciones ocultas, aquellas que se encubren tras las posiciones inmediatas del planteamiento, es necesario clarificar con nitidez la idea principal, actuar descomponiendo y reordenando el problema. Es práctico proceder mediante la inversión perceptiva, transformando las cosas en sus contrarios. También resulta eficaz incurrir en asociaciones de ideas fuera de lo acostumbrado, hacer acertadas analogías que permitan distanciarnos del problema a resolver. Cambiando el punto de partida, aquello que se considera en primer lugar, somos también proclives a transformar el campo de atención haciéndose posible una nueva restructuración. Habilitando un desconocido campo de entendimiento. 

Al alejarnos estratégicamente del problema, al valorar de forma intensa y libre los hallazgos, y experimentar mediante una actitud preferentemente lúdica, seremos capaces de saber encontrar nuevas soluciones cuando conscientemente buscamos otras. 

Todos quedamos seducidos por la magia de la serendipia, aquel poder instantáneo por el que se encuentran determinadas soluciones sin proponérselo, aparentemente por accidente. Y es que el brillante arte de descubrir no sólo depende de la fortuna, ni de la sagacidad. Proviene de una curiosidad insaciable, de una educada percepción, de estar dispuesto a no despreciar ningún resultado posible, de nuestra atenta capacidad de sorpresa y aprendizaje, y de haberse convencido de que pensar de modo diferente, eludiendo los miedos y yendo lo suficientemente lejos, en definitiva procurando conectar ideas que aparentemente no tenían conexión ninguna, es el único camino posible para allanar el misterio de la solución. 

Nuestra intuición, factor clave y esencial, esa facultad comúnmente adormecida, nos hace percibir las diferentes ideas como unidades de indagación y son siempre las aptitudes de fluidez, flexibilidad y originalidad las que hacen la diferencia. De nuestro entrenamiento y disposición depende saber ver la luz. 

1 de julio de 2016

On-tuición

Nuestra naturaleza nos ha proporcionado una destreza innata. La capacidad de utilizar un tipo de conocimiento profundo, perceptivo e inexplicable, por el que llegamos a entender e imaginar realidades sin tener que acudir a elaborados razonamientos. Una suerte de creatividad instantánea que, mostrándose independiente del conocimiento adquirido, aflora secretamente a veces como una feliz corazonada y siempre como una chispa de lucidez. Una sorprendente capacidad de visión y respuesta por la que de manera instintiva se totalizan y vinculan todo tipo de estímulos.

Nuestro complejo cerebro no es simétrico. Con sus dos lados formalmente iguales, actúa con cada hemisferio de manera totalmente disociada y complementaria. El cerebro izquierdo agrupa nuestra fuerza racional. Asume y perfecciona el razonamiento lógico, el lenguaje verbal y la capacidad de cálculo. Almacena y relaciona datos y conceptos, es capaz de comprender y, en un alarde de eficiencia, faculta la expresión. Posibilita, en suma, habitar el mundo a través de las ideas.  Y en el otro lado, en paralelo, el cerebro derecho adopta una actitud integradora para vencer la complejidad. Se centra en formar categorías, crear analogías, evocar y combinar todas aquellas imágenes que proceden de la memoria. Al tiempo que procesa e involucra en el pensamiento la influencia de nuestras muchas sensaciones y emociones. Desde allí se capta y emite la comunicación no verbal, se cultiva el dominio de la memoria visual, se elabora el entramado del lenguaje simbólico. Gestando, con todo ello, la aparición y uso de nuestros más hondos instintos. Somos a la vez racionales e irracionales. Ordenados y espontáneos. Planificadores e intuitivos. Disciplinados pero libres. Y es desde la unificada conexión de nuestros dos cerebros donde reside nuestra más reveladora capacidad de imaginar, crear e inventar. 

Estamos inmersos en una cultura que premia por encima de todo la razón, nuestra capacidad para establecer relaciones entre ideas mediante la ortodoxa acumulación de conocimientos, en claro detrimento de todo aquello que suponga manejar y proponer aciertos insospechados, en contra de todas aquellas acciones intuitivas que nacen de nuestra más sutil condición humana. Además, demasiadas veces se nos invita a esforzarnos en deducir cual es la única y más correcta respuesta a cada problema. Aquella que quien detenta el poder desea indisimuladamente que encontremos por encima de cualquier riesgo resolutivo. La consecuencia inmediata de éstas dinámicas es una restricción sistemática de la expansión individual, la generalización de una absurda desconexión con respecto a la propia capacidad de encontrar respuestas vivas. En numerosas ocasiones, por el simple hecho de diferir de los automatismos comúnmente aceptados, se desecha toda opción no inmediata y se impone un sistemático freno a nuestra capacidad creativa.

Si se continúa haciendo tanto énfasis en el desarrollo de técnicas y estrategias centradas únicamente en lo racional, y con triste asiduidad se sanciona la aplicación activa de la intuición, el valor de las sorpresas eficaces, se estará destruyendo nuestra más valiosa arma creativa y propositiva. Se invierten excesivos recursos en formar un mundo lleno de personas que usan apenas la parte más evidente de sus potencial propositivo. Cuando lo que es verdaderamente necesario es ensalzar a todos aquellos que son capaces de romper con los hábitos para alcanzar nuevos y más elevados niveles de libertad. De pensar y actuar más allá de lo inmediato y convencional.

Es cierta la máxima que asevera que la sabiduría del ser humano está muy por encima de su intelecto. Es necesario transmitir que la intuición además de poder aprenderse, también, se puede y debe entrenar. Que tal misión requiere perder el visceral miedo a equivocarse y tener una decidida actitud de conexión con aquellos procesos intelectuales en los que nada está decidido, actuar con la expectativa de que todo puede ser.  Las intuiciones son siempre hábiles atajos, activados por una resuelta atención e intención, a través de los cuales el cerebro decide más rápida y acertadamente. Caminos fortuitos de resolución en los que lo conmovedor se impone a lo razonable, y lo inesperado vence a lo previsible.