and architecture, hand made architecture

18 de enero de 2026

Paradigma


 

Hay algo atmosférico en lo que se concibe como paradigma, una suerte de aire invisible que envuelve toda práctica mucho antes de que adquiera peso o materia. Más que un límite o un recipiente teórico, es el suelo necesario para sustentar cualquier creación. No habitamos el vacío, sino un sustrato de ideas compartidas que, aunque condicionan nuestra mirada, nos permiten entender el mundo. Como sugería la intuición científica de Kuhn, es precisamente ese marco de seguridad el que nos deja ver la oportuna anomalía del cambio, esa descarga distinta que informa de que el modelo vigente puede agotarse.

Bajo esta luz, muy a menudo se abandona la dialéctica del conflicto para infiltrarse en la seguridad del canon. Si aceptamos con Foucault que cada época respira bajo un cabal sustrato discursivo, un régimen de verdades que ordena lo enunciable y lo visible, la realidad construida deja de ser un objeto aislado para convertirse en el escenario donde las posibilidades se ponen a prueba. Lejos de las imposiciones dogmáticas, la necesaria perspicacia de la acción opera desde la discreción, alojándose en los diferentes pliegues del sistema para alterar la inercia de lo habitual. Es en esa modulación distinta donde se activan las diferentes coreografías del habitar.

Esta perspectiva nos invita a entender la oportuna mutación no como una ruptura violenta, sino como una hábil dilatación de la sensibilidad. Cuando el arquetipo dominante comienza a mostrar síntomas de fatiga, no se está nunca ante un fracaso, sino ante la conveniente apertura de un nuevo umbral. Es allí donde la disciplina despliega su verdadera fortaleza prospectiva, no en la sustitución frenética de una creencia por otra, sino en la capacidad de ensanchar el horizonte de lo posible. La crisis de un modelo es siempre una promesa, la oportunidad para proponer espacios con otros ritmos, quizá más naturales, que devuelvan al habitar su sentido más completo.

 

Si la certeza moderna descansó sobre la amplia metáfora de la máquina, eficiente, higiénica y cerrada, el horizonte actual se desplaza hacia imaginarios más porosos. Hoy se asiste al tránsito del objeto inerte al artefacto dotado de todo tipo de sistemas integrados, incluso metabólicos. Se debate entre la aparente inteligencia de los algoritmos, que disuelven la autoría en infinitos flujos de datos, y una urgencia biológica que exige concebir lo realizable como un organismo capaz de existir en simbiosis con su entorno. Estamos abandonando la soledad del monumento antropocéntrico para abrazar una sensibilidad que se denomina más que humana, donde proyectar realidades ya no significa imponer un orden sobre la naturaleza, sino negociar hábiles alianzas con ella, entendiendo la construcción como el punto de inevitable encuentro entre la lógica actual y los más perentorios ciclos de la tierra.

La necesaria labor crítica se aleja del mero juicio para convertirse en un poderoso acto de atención. La lucidez no se encuentra en ignorar la particular corriente de la época, sino en aprender a leer en ella las sutiles derivas que conducen hacia lo inexplorado. En esta búsqueda, la arquitectura renuncia al protagonismo heroico para abrazar aquella vocación más profunda y envolvente de ser el soporte callado de una transformación cultural. Construir no debería ser sólo erigir abrigos físicos, sino proponer los invisibles andamiajes de una nueva sensibilidad colectiva, confiando en que es en esa cosmovisión expandida, y no en la mera tectónica, donde reside la verdadera materia para la vida.



13 de enero de 2026

Superstición

Santiago Kovadloff (Alejandra López)

 

 

La generalización de la superstición contemporánea no es un residuo de tiempos oscuros, sino el resultado más depurado de una época que ha decidido temerle al vacío. La adopción de creencias dogmáticas de carácter irreflexivo equivale a adoptar una estrategia de clausura consciente, una renuncia voluntaria a habitar la intemperie del pensamiento. La difusión de la idolatría del prejuicio, a menudo tan vulgar como trivial, opera como un mecanismo de eficiencia mental que decide ignorar lo extraordinario para no estar obligado a gestionar la angustia de lo desconocido. Se erige así una cultura de certezas blindadas, un amparo idóneo donde el pensamiento calculador sustituye a cualquier lucidez, donde la veloz inercia desprecia el necesario roce, y donde se ha proscrito la posibilidad de reconocer los límites de lo propio. Se impone la pedestre tentación de anestesiar la extrañeza, de convertir la existencia en un trámite de respuestas resueltas, olvidando que la única estructura capaz de sostener la verdad no es la réplica sino la interrogación.

Esta inercia nos empuja a automatizar la existencia, a delegar la fatiga de la duda en sistemas y convenciones que prometen una realidad sin deslices. Pero el auténtico discurrir exige recuperar la destreza de tropezar, requiere romper la obviedad de lo heredado y sostenerse en una fuga propositiva que no busca llegar, sino sobre todo transitar. Existe una amenaza latente en la ideología de lo convencional, que encuentra satisfacción en la emulación y en el inmediato desarrollo de los matices de lo premeditado por otros, dejando el acto original de pensar como una actividad infrecuente, casi una anomalía. Hemos procurado un entorno donde el silencio primordial de Kovadloff, ese que antecede a cualquier palabra verdadera y que se reclama como condición de escucha, es sistemáticamente cubierto por el ruido de la burda opinión y la certeza barata.

La irrupción de las aceleradoras y predictivas inteligencias artificiales, diseñadas para la satisfacción constante y la clausura inmediata de la incertidumbre, ha acentuado este espejismo de falsa totalidad. La máquina capaz, que no conoce angustia alguna ante el tiempo, ofrece una perfección estéril, una superficie lisa donde no hay lugar para el lapsus ni para la fragilidad del sueño. Pero es precisamente en esa fragilidad, en la capacidad de convivir con la no certeza y en la valentía de valorar lo inconsciente, donde reside la más genuina potencia creadora. Al igual que un espacio sólo cobra sentido cuando acepta la emoción de lo cambiante, el pensamiento sólo se vuelve fértil cuando se atreve a desmantelar la propia irracionalidad de lo seguro y se entrega a la turbación de la duda.

El hombre contemporáneo, seducido por la promesa de una vida sin fricción, se convierte en un sujeto que no tolera la incertidumbre inmediata del no-saber. El fanatismo actual es creer que podemos eliminar el aroma del tiempo, ese arte de la demora, de la duración narrativa y pausada, en favor de un presente absoluto y sin sombras. Es necesario recuperar el pensamiento meditativo, aquel capaz de donar la necesaria serenidad, idóneo para dejar ser a las cosas en su misterio sin forzarlas a la utilidad inmediata. Aprender a ser y estar significa hoy resistirse a la automatización integral, supone reivindicar el derecho a la perplejidad y al asombro, a convivir con la incertidumbre no como una amenaza, sino como la condición de posibilidad de acción verdadera. Sólo cuando nos atrevemos a habitar la pregunta, sin la premura de cerrarla con fetiches, recuperamos la capacidad de emocionarnos ante lo desconocido y, por elevación, de construir un mundo que sea casa y no sólo refugio.



4 de enero de 2026

Piano de cola

Piano de cola (IA)


En una sala de acústica ideal, suspendida fuera del tiempo, reposa la máquina perfecta. Un gran piano de cola, un descomunal animal de laca negra y delirios de bronce, tenso y silencioso. Un prodigio capaz de producir cualquier frecuencia y soportar cualquier intensidad. Aunque pudiera trascender el detalle de que, en su imponente majestuosidad, el instrumento es esencialmente mudo. Se alcanza a comprender que contempla un océano de posibilidades congeladas, un archivo infinito de sonidos latentes y que, en su quietud, en su naturaleza, se pueden imaginar, pero en realidad no suenan. Ostenta la disponibilidad pura de idolatrar su potencia, haciendo creer que poseer la herramienta perfecta equivale a poseer todas las dimensiones del arte más elevado.

A este escenario acuden orgullosos los virtuosos, los más hábiles operadores. Se muestran como apolíneos atletas de la ejecución, conocedores íntimos del atractivo y poderoso mecanismo. Sus manos vuelan sobre el brillante teclado desplegando un dominio técnico asombroso, optimizando como nadie la relación entre esfuerzo y resultado. Durante un tiempo, su destreza confunde, aturde, maravilla. La agilidad del gesto es tan hipnótica que hace olvidar su propósito. Sus sublimes actos provocan pensar que la capacidad de realización es fiel sinónimo de inspiración, que su rapidez y precisión emerge por mera acumulación, y tantas veces de la emoción.​

Pero poco después, se demuestra que las más perfectas herramientas se han llegado a sofisticar en extremo, que han proliferado las emergentes máquinas para hacer máquinas. Tentando confundir la particular técnica con la global tecnología. Redundando en los sistemas de iteración infinita capaces de extender la capacidad de actuación más allá de lo natural, hasta donde la fisiología pareciera que nunca pudiera llegar. En ese simulacro espectacular la sala virtual resultante se puede llegar a inundar de un torrente sonoro de proporciones inconmensurables, de una catarata de escalas perfectas donde el más leve error pareciera haber quedado erradicado. La eficiencia es absoluta, pero el resultado, con pavor se tizna de estéril. Bajo la pirotecnia de la desproporcionada velocidad y amplitud, se revela la gran decepción. Las factorías redundantes y sus abyectos operadores pueden recombinar las trazas del pasado hasta el infinito, pero son incapaces de salir del círculo vicioso de su propia lógica, de su propia memoria. Un mapa, por muy detallado que sea, nunca será el verdadero territorio. Todo algoritmo, por muy extenso que pueda ser, jamás se podrá vestir con las galas de la más humana intuición.

Es entonces cuando la puerta se abre para dejar paso a la figura más necesaria. Desciende el verdadero creador. Aquel que al entrar no busca demostrar la celeridad ni la maestría de ningún instrumento. Muy a menudo, ni siquiera posee la destreza de los más laureados ejecutores. El genuino compositor se acerca al teclado cargando con un silencio distinto, uno que no es ausencia de ruido, sino densidad de intención. Se detiene ante el abismo de las teclas y muestra lo único que la máquina no puede simular. La duda.

Cuando finalmente sus manos caen, no han ejecutado una orden de febril precisión, sino que han confesado una verdad oculta. Consiguiendo romper la inercia de lo probable para inaugurar lo inaudito. En ese instante se produce el verdadero acontecimiento, los materiales se han convertido en voz. Se hace entonces evidente que la creación no reside en la potencia del instrumento, sino en la sutil consistencia de quien lo impulsa. Toda máquina, en su perfección eterna e indiferente, necesita de la finitud humana, pues sólo a través de su imperfección es capaz de posibilitar, por un instante, la belleza que nunca le perteneció.

Bach nunca escuchó un piano.

 

2 de enero de 2026

Huellas

 

Jacques Derrida (Steve Pyke)


Toda arquitectura nace de la sospecha de que el vacío original, el comienzo cero, es una ficción insostenible. No existe el inicio puro ni la inocencia de la fabulación de la tabula rasa. Cualquier acto fundacional, por profundo o precursor que éste sea, opera invariablemente como una reescritura sobre un sustrato previo que se resiste al olvido.

La huella, en su sentido más hondo, va más allá de la marca física de lo que está presente, se localiza en la insistencia oculta de lo que ya no está, pero sigue estando vinculado a través de la memoria. Es esa perturbación invisible, esa différance que detectaba Derrida, la que impide que cualquier realidad se cierre sobre sí misma como un objeto autónomo, recordándonos que la amalgama de significados que ostenta es siempre diferida, remitida a una veta anterior que nunca terminamos de capturar en toda su magnitud. Todo vestigio, como indicio, es el revelador rastro de lo que aparenta desaparecer, es la prueba de que el principio único nunca concurre, rompiendo la idea del presente absoluto.

Al actuar en proyección no se debe de imponer la novedad de la forma, sino aprender a reconocer lo que es expresivo y se encuentra latente. El espacio por crear nunca se va a encontrar despojado de referencias y narrativas, en cualquier caso va a venir cargado de una suerte de crónicas instintivas, de tiempos no ordenados, que se relacionan y solapan en tensiones simultáneas. Lo formado con sentido nunca es un escenario estático, se percibe como un dispositivo sensible, un mecanismo capaz de convocar el roce de todo lo registrado.

En coherencia, la mirada debería saber ser tan prospectiva como consecuente. Lejos de conformarse con la evidencia esencial, debería saber dirigir la atención hacia lo marginal, focalizar el interés hacia esos índices físicos que actúan como registros fósiles de los muchos procesos previos. La verdad activa de un lugar se encuentra a menudo en esos detalles menores que escapan al control operativo, en esos desplazamientos mínimos que revelan la fricción real entre la materia y el tiempo.

Ignorar esta carga medular es condenar la obra a una incompleta significación. Toda intervención que asume su condición de sedimento acepta ser un estrato más de una acumulación infinita de órdenes posibles. No busca imponer una verdad definitiva, sino acoger la singularidad de lo precedente con vocación de continuidad. La noción de la traza nos enseña, finalmente, que construir no es congelar un presente, sino tener la delicadeza de inscribir nuestra propia duración en la inmensa evocación del futuro.