Hay algo atmosférico en lo que se
concibe como paradigma, una suerte de aire invisible que envuelve toda práctica
mucho antes de que adquiera peso o materia. Más que un límite o un recipiente
teórico, es el suelo necesario para sustentar cualquier creación. No habitamos
el vacío, sino un sustrato de ideas compartidas que, aunque condicionan nuestra
mirada, nos permiten entender el mundo. Como sugería la intuición científica de
Kuhn, es precisamente ese marco de seguridad el que nos deja ver la oportuna anomalía
del cambio, esa descarga distinta que informa de que el modelo vigente puede
agotarse.
Bajo esta luz, muy a menudo se abandona
la dialéctica del conflicto para infiltrarse en la seguridad del canon. Si
aceptamos con Foucault que cada época respira bajo un cabal sustrato
discursivo, un régimen de verdades que ordena lo enunciable y lo visible, la
realidad construida deja de ser un objeto aislado para convertirse en el
escenario donde las posibilidades se ponen a prueba. Lejos de las imposiciones
dogmáticas, la necesaria perspicacia de la acción opera desde la discreción,
alojándose en los diferentes pliegues del sistema para alterar la inercia de lo
habitual. Es en esa modulación distinta donde se activan las diferentes coreografías
del habitar.
Esta perspectiva nos invita a
entender la oportuna mutación no como una ruptura violenta, sino como una hábil
dilatación de la sensibilidad. Cuando el arquetipo dominante comienza a mostrar
síntomas de fatiga, no se está nunca ante un fracaso, sino ante la conveniente apertura
de un nuevo umbral. Es allí donde la disciplina despliega su verdadera fortaleza
prospectiva, no en la sustitución frenética de una creencia por otra, sino en
la capacidad de ensanchar el horizonte de lo posible. La crisis de un modelo es
siempre una promesa, la oportunidad para proponer espacios con otros ritmos,
quizá más naturales, que devuelvan al habitar su sentido más completo.
Si la certeza moderna descansó
sobre la amplia metáfora de la máquina, eficiente, higiénica y cerrada, el
horizonte actual se desplaza hacia imaginarios más porosos. Hoy se asiste al
tránsito del objeto inerte al artefacto dotado de todo tipo de sistemas
integrados, incluso metabólicos. Se debate entre la aparente inteligencia de
los algoritmos, que disuelven la autoría en infinitos flujos de datos, y una
urgencia biológica que exige concebir lo realizable como un organismo capaz de existir
en simbiosis con su entorno. Estamos abandonando la soledad del monumento
antropocéntrico para abrazar una sensibilidad que se denomina más que humana,
donde proyectar realidades ya no significa imponer un orden sobre la
naturaleza, sino negociar hábiles alianzas con ella, entendiendo la construcción
como el punto de inevitable encuentro entre la lógica actual y los más
perentorios ciclos de la tierra.
La necesaria labor crítica se
aleja del mero juicio para convertirse en un poderoso acto de atención. La
lucidez no se encuentra en ignorar la particular corriente de la época, sino en
aprender a leer en ella las sutiles derivas que conducen hacia lo inexplorado.
En esta búsqueda, la arquitectura renuncia al protagonismo heroico para abrazar
aquella vocación más profunda y envolvente de ser el soporte callado de una
transformación cultural. Construir no debería ser sólo erigir abrigos físicos,
sino proponer los invisibles andamiajes de una nueva sensibilidad colectiva,
confiando en que es en esa cosmovisión expandida, y no en la mera tectónica,
donde reside la verdadera materia para la vida.



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