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13 de enero de 2026

Superstición

Santiago Kovadloff (Alejandra López)

 

 

La generalización de la superstición contemporánea no es un residuo de tiempos oscuros, sino el resultado más depurado de una época que ha decidido temerle al vacío. La adopción de creencias dogmáticas de carácter irreflexivo equivale a adoptar una estrategia de clausura consciente, una renuncia voluntaria a habitar la intemperie del pensamiento. La difusión de la idolatría del prejuicio, a menudo tan vulgar como trivial, opera como un mecanismo de eficiencia mental que decide ignorar lo extraordinario para no estar obligado a gestionar la angustia de lo desconocido. Se erige así una cultura de certezas blindadas, un amparo idóneo donde el pensamiento calculador sustituye a cualquier lucidez, donde la veloz inercia desprecia el necesario roce, y donde se ha proscrito la posibilidad de reconocer los límites de lo propio. Se impone la pedestre tentación de anestesiar la extrañeza, de convertir la existencia en un trámite de respuestas resueltas, olvidando que la única estructura capaz de sostener la verdad no es la réplica sino la interrogación.

Esta inercia nos empuja a automatizar la existencia, a delegar la fatiga de la duda en sistemas y convenciones que prometen una realidad sin deslices. Pero el auténtico discurrir exige recuperar la destreza de tropezar, requiere romper la obviedad de lo heredado y sostenerse en una fuga propositiva que no busca llegar, sino sobre todo transitar. Existe una amenaza latente en la ideología de lo convencional, que encuentra satisfacción en la emulación y en el inmediato desarrollo de los matices de lo premeditado por otros, dejando el acto original de pensar como una actividad infrecuente, casi una anomalía. Hemos procurado un entorno donde el silencio primordial de Kovadloff, ese que antecede a cualquier palabra verdadera y que se reclama como condición de escucha, es sistemáticamente cubierto por el ruido de la burda opinión y la certeza barata.

La irrupción de las aceleradoras y predictivas inteligencias artificiales, diseñadas para la satisfacción constante y la clausura inmediata de la incertidumbre, ha acentuado este espejismo de falsa totalidad. La máquina capaz, que no conoce angustia alguna ante el tiempo, ofrece una perfección estéril, una superficie lisa donde no hay lugar para el lapsus ni para la fragilidad del sueño. Pero es precisamente en esa fragilidad, en la capacidad de convivir con la no certeza y en la valentía de valorar lo inconsciente, donde reside la más genuina potencia creadora. Al igual que un espacio sólo cobra sentido cuando acepta la emoción de lo cambiante, el pensamiento sólo se vuelve fértil cuando se atreve a desmantelar la propia irracionalidad de lo seguro y se entrega a la turbación de la duda.

El hombre contemporáneo, seducido por la promesa de una vida sin fricción, se convierte en un sujeto que no tolera la incertidumbre inmediata del no-saber. El fanatismo actual es creer que podemos eliminar el aroma del tiempo, ese arte de la demora, de la duración narrativa y pausada, en favor de un presente absoluto y sin sombras. Es necesario recuperar el pensamiento meditativo, aquel capaz de donar la necesaria serenidad, idóneo para dejar ser a las cosas en su misterio sin forzarlas a la utilidad inmediata. Aprender a ser y estar significa hoy resistirse a la automatización integral, supone reivindicar el derecho a la perplejidad y al asombro, a convivir con la incertidumbre no como una amenaza, sino como la condición de posibilidad de acción verdadera. Sólo cuando nos atrevemos a habitar la pregunta, sin la premura de cerrarla con fetiches, recuperamos la capacidad de emocionarnos ante lo desconocido y, por elevación, de construir un mundo que sea casa y no sólo refugio.



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