Santiago Kovadloff (Alejandra López)
La generalización de la superstición
contemporánea no es un residuo de tiempos oscuros, sino el resultado más
depurado de una época que ha decidido temerle al vacío. La adopción de
creencias dogmáticas de carácter irreflexivo equivale a adoptar una estrategia
de clausura consciente, una renuncia voluntaria a habitar la intemperie del
pensamiento. La difusión de la idolatría del prejuicio, a menudo tan vulgar
como trivial, opera como un mecanismo de eficiencia mental que decide ignorar
lo extraordinario para no estar obligado a gestionar la angustia de lo
desconocido. Se erige así una cultura de certezas blindadas, un amparo idóneo
donde el pensamiento calculador sustituye a cualquier lucidez, donde la veloz
inercia desprecia el necesario roce, y donde se ha proscrito la posibilidad de
reconocer los límites de lo propio. Se impone la pedestre tentación de
anestesiar la extrañeza, de convertir la existencia en un trámite de respuestas
resueltas, olvidando que la única estructura capaz de sostener la verdad no es
la réplica sino la interrogación.
Esta inercia nos empuja a automatizar
la existencia, a delegar la fatiga de la duda en sistemas y convenciones que
prometen una realidad sin deslices. Pero el auténtico discurrir exige recuperar
la destreza de tropezar, requiere romper la obviedad de lo heredado y
sostenerse en una fuga propositiva que no busca llegar, sino sobre todo transitar.
Existe una amenaza latente en la ideología de lo convencional, que encuentra
satisfacción en la emulación y en el inmediato desarrollo de los matices de lo premeditado
por otros, dejando el acto original de pensar como una actividad infrecuente,
casi una anomalía. Hemos procurado un entorno donde el silencio primordial
de Kovadloff, ese que antecede a cualquier palabra verdadera y que se reclama
como condición de escucha, es sistemáticamente cubierto por el ruido de la burda
opinión y la certeza barata.
La irrupción de las aceleradoras
y predictivas inteligencias artificiales, diseñadas para la satisfacción
constante y la clausura inmediata de la incertidumbre, ha acentuado este
espejismo de falsa totalidad. La máquina capaz, que no conoce angustia alguna
ante el tiempo, ofrece una perfección estéril, una superficie lisa donde no hay
lugar para el lapsus ni para la fragilidad del sueño. Pero es precisamente en
esa fragilidad, en la capacidad de convivir con la no certeza y en la valentía
de valorar lo inconsciente, donde reside la más genuina potencia creadora. Al
igual que un espacio sólo cobra sentido cuando acepta la emoción de lo
cambiante, el pensamiento sólo se vuelve fértil cuando se atreve a desmantelar la
propia irracionalidad de lo seguro y se entrega a la turbación de la duda.
El hombre contemporáneo, seducido
por la promesa de una vida sin fricción, se convierte en un sujeto que no
tolera la incertidumbre inmediata del no-saber. El fanatismo actual es creer
que podemos eliminar el aroma del tiempo, ese arte de la demora, de la
duración narrativa y pausada, en favor de un presente absoluto y sin sombras.
Es necesario recuperar el pensamiento meditativo, aquel capaz de donar
la necesaria serenidad, idóneo para dejar ser a las cosas en su misterio
sin forzarlas a la utilidad inmediata. Aprender a ser y estar significa hoy resistirse
a la automatización integral, supone reivindicar el derecho a la perplejidad y
al asombro, a convivir con la incertidumbre no como una amenaza, sino como la
condición de posibilidad de acción verdadera. Sólo cuando nos atrevemos a
habitar la pregunta, sin la premura de cerrarla con fetiches, recuperamos la
capacidad de emocionarnos ante lo desconocido y, por elevación, de construir un
mundo que sea casa y no sólo refugio.



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