and architecture, hand made architecture

2 de enero de 2026

Huellas

 

Jacques Derrida (Steve Pyke)


Toda arquitectura nace de la sospecha de que el vacío original, el comienzo cero, es una ficción insostenible. No existe el inicio puro ni la inocencia de la fabulación de la tabula rasa. Cualquier acto fundacional, por profundo o precursor que éste sea, opera invariablemente como una reescritura sobre un sustrato previo que se resiste al olvido.

La huella, en su sentido más hondo, va más allá de la marca física de lo que está presente, se localiza en la insistencia oculta de lo que ya no está, pero sigue estando vinculado a través de la memoria. Es esa perturbación invisible, esa différance que detectaba Derrida, la que impide que cualquier realidad se cierre sobre sí misma como un objeto autónomo, recordándonos que la amalgama de significados que ostenta es siempre diferida, remitida a una veta anterior que nunca terminamos de capturar en toda su magnitud. Todo vestigio, como indicio, es el revelador rastro de lo que aparenta desaparecer, es la prueba de que el principio único nunca concurre, rompiendo la idea del presente absoluto.

Al actuar en proyección no se debe de imponer la novedad de la forma, sino aprender a reconocer lo que es expresivo y se encuentra latente. El espacio por crear nunca se va a encontrar despojado de referencias y narrativas, en cualquier caso va a venir cargado de una suerte de crónicas instintivas, de tiempos no ordenados, que se relacionan y solapan en tensiones simultáneas. Lo formado con sentido nunca es un escenario estático, se percibe como un dispositivo sensible, un mecanismo capaz de convocar el roce de todo lo registrado.

En coherencia, la mirada debería saber ser tan prospectiva como consecuente. Lejos de conformarse con la evidencia esencial, debería saber dirigir la atención hacia lo marginal, focalizar el interés hacia esos índices físicos que actúan como registros fósiles de los muchos procesos previos. La verdad activa de un lugar se encuentra a menudo en esos detalles menores que escapan al control operativo, en esos desplazamientos mínimos que revelan la fricción real entre la materia y el tiempo.

Ignorar esta carga medular es condenar la obra a una incompleta significación. Toda intervención que asume su condición de sedimento acepta ser un estrato más de una acumulación infinita de órdenes posibles. No busca imponer una verdad definitiva, sino acoger la singularidad de lo precedente con vocación de continuidad. La noción de la traza nos enseña, finalmente, que construir no es congelar un presente, sino tener la delicadeza de inscribir nuestra propia duración en la inmensa evocación del futuro.


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