Jacques Derrida (Steve Pyke)
Toda arquitectura nace de la
sospecha de que el vacío original, el comienzo cero, es una ficción
insostenible. No existe el inicio puro ni la inocencia de la fabulación de la tabula
rasa. Cualquier acto fundacional, por profundo o precursor que éste sea,
opera invariablemente como una reescritura sobre un sustrato previo que se
resiste al olvido.
La huella, en su sentido más
hondo, va más allá de la marca física de lo que está presente, se localiza en
la insistencia oculta de lo que ya no está, pero sigue estando vinculado a
través de la memoria. Es esa perturbación invisible, esa différance que
detectaba Derrida, la que impide que cualquier realidad se cierre sobre sí misma
como un objeto autónomo, recordándonos que la amalgama de significados que
ostenta es siempre diferida, remitida a una veta anterior que nunca terminamos
de capturar en toda su magnitud. Todo vestigio, como indicio, es el revelador rastro
de lo que aparenta desaparecer, es la prueba de que el principio único nunca concurre,
rompiendo la idea del presente absoluto.
Al actuar en proyección no se debe
de imponer la novedad de la forma, sino aprender a reconocer lo que es expresivo
y se encuentra latente. El espacio por crear nunca se va a encontrar despojado
de referencias y narrativas, en cualquier caso va a venir cargado de una suerte
de crónicas instintivas, de tiempos no ordenados, que se relacionan y solapan
en tensiones simultáneas. Lo formado con sentido nunca es un escenario
estático, se percibe como un dispositivo sensible, un mecanismo capaz de convocar
el roce de todo lo registrado.
En coherencia, la mirada debería
saber ser tan prospectiva como consecuente. Lejos de conformarse con la
evidencia esencial, debería saber dirigir la atención hacia lo marginal, focalizar
el interés hacia esos índices físicos que actúan como
registros fósiles de los muchos procesos previos. La verdad activa de un lugar se
encuentra a menudo en esos detalles menores que escapan al control operativo,
en esos desplazamientos mínimos que revelan la fricción real entre la materia y
el tiempo.
Ignorar esta carga medular es
condenar la obra a una incompleta significación. Toda intervención que asume su
condición de sedimento acepta ser un estrato más de una acumulación infinita de
órdenes posibles. No busca imponer una verdad definitiva, sino acoger la singularidad
de lo precedente con vocación de continuidad. La noción de la traza nos enseña,
finalmente, que construir no es congelar un presente, sino tener la delicadeza
de inscribir nuestra propia duración en la inmensa evocación del futuro.



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