Piano de cola (IA)
Piano de cola
En una sala de acústica ideal, suspendida
fuera del tiempo, reposa la máquina perfecta. Un gran piano de cola, un descomunal
animal de laca negra y delirios de bronce, tenso y silencioso. Un prodigio
capaz de producir cualquier frecuencia y soportar cualquier intensidad. Aunque pudiera
trascender el detalle de que, en su imponente majestuosidad, el instrumento es
esencialmente mudo. Se alcanza a comprender que contempla un océano de
posibilidades congeladas, un archivo infinito de sonidos latentes y que, en su
quietud, en su naturaleza, se pueden imaginar, pero en realidad no suenan. Ostenta
la disponibilidad pura de idolatrar su potencia, haciendo creer que poseer la
herramienta perfecta equivale a poseer todas las dimensiones del arte más
elevado.
A este escenario acuden orgullosos
los virtuosos, los más hábiles operadores. Se muestran como apolíneos atletas
de la ejecución, conocedores íntimos del atractivo y poderoso mecanismo. Sus
manos vuelan sobre el brillante teclado desplegando un dominio técnico
asombroso, optimizando como nadie la relación entre esfuerzo y resultado.
Durante un tiempo, su destreza confunde, aturde, maravilla. La agilidad del
gesto es tan hipnótica que hace olvidar su propósito. Sus sublimes actos provocan
pensar que la capacidad de realización es fiel sinónimo de inspiración, que su rapidez
y precisión emerge por mera acumulación, y tantas veces de la emoción.
Pero poco después, se demuestra
que las más perfectas herramientas se han llegado a sofisticar en extremo, que
han proliferado las emergentes máquinas para hacer máquinas. Tentando confundir
la particular técnica con la global tecnología. Redundando en los sistemas de
iteración infinita capaces de extender la capacidad de actuación más allá de lo
natural, hasta donde la fisiología pareciera que nunca pudiera llegar. En ese simulacro
espectacular la sala virtual resultante se puede llegar a inundar de un
torrente sonoro de proporciones inconmensurables, de una catarata de escalas
perfectas donde el más leve error pareciera haber quedado erradicado. La
eficiencia es absoluta, pero el resultado, con pavor se tizna de estéril. Bajo
la pirotecnia de la desproporcionada velocidad y amplitud, se revela la gran decepción.
Las factorías redundantes y sus abyectos operadores pueden recombinar las
trazas del pasado hasta el infinito, pero son incapaces de salir del círculo
vicioso de su propia lógica, de su propia memoria. Un mapa, por muy detallado
que sea, nunca será el verdadero territorio. Todo algoritmo, por muy extenso
que pueda ser, jamás se podrá vestir con las galas de la más humana intuición.
Es entonces cuando la puerta se
abre para dejar paso a la figura más necesaria. Desciende el verdadero creador.
Aquel que al entrar no busca demostrar la celeridad ni la maestría de ningún
instrumento. Muy a menudo, ni siquiera posee la destreza de los más laureados ejecutores.
El genuino compositor se acerca al teclado cargando con un silencio distinto,
uno que no es ausencia de ruido, sino densidad de intención. Se detiene ante el
abismo de las teclas y muestra lo único que la máquina no puede simular. La
duda.
Cuando finalmente sus manos caen,
no han ejecutado una orden de febril precisión, sino que han confesado una
verdad oculta. Consiguiendo romper la inercia de lo probable para inaugurar lo
inaudito. En ese instante se produce el verdadero acontecimiento, los materiales
se han convertido en voz. Se hace entonces evidente que la creación no reside
en la potencia del instrumento, sino en la sutil consistencia de quien lo impulsa.
Toda máquina, en su perfección eterna e indiferente, necesita de la finitud
humana, pues sólo a través de su imperfección es capaz de posibilitar, por un
instante, la belleza que nunca le perteneció.
Bach nunca escuchó un piano.



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