Lo que cuenta como mundo no es sólo
la suma de todo lo que hay, sino la forma concreta en que decidimos qué queda
dentro del marco y qué se desvanece en los márgenes. Cada época fabrica su
propia idea de lo universal, a veces como horizonte de sentido compartido,
otras como promesa tecnológica de captura exhaustiva, y otras como sospecha de
que todo incómodo cierre podría ser una mutilación. Hoy la totalidad ya no se
presenta como un sistema filosófico compacto, sino como una interfaz ubicua, en
la que plataformas y flujos de datos que simulan abarcarlo todo van silenciando
la pregunta de lo no inmediato.
La cultura digital ha sofisticado la
vieja aspiración de convertir la totalidad en un inventario sin restos
desaprovechados. Motores de búsqueda, cartografías globales, gemelos digitales,
prometen un mundo completamente indexado, donde toda excepción sería un fallo
del sistema. Sin embargo, esa supuesta completitud exige el sacrificio de
acelerar la lectura hasta que ninguna diferencia llegue a incomodar,
simplificar los matices para que la experiencia pueda ser absorbida sin
resistencia. El resultado es una nueva forma de superstición por la que la
falta de fe en determinadas fuerzas ocultas, sino la confianza automática en
que lo que aparece en nuestras superficies brillantes, agota lo que verdaderamente
importa. Frente a ello, la crítica podría tomar como tarea algo más ambicioso
que la representación total, sino la identificación de aquellos restos en los
que la totalidad se resquebraja.
Pensar la totalidad exige entonces
una doble operación. Por un lado, reconocer que toda forma, todo proyecto, se
inscribe en un campo más amplio de decisiones tomadas previamente, en otras
escalas, por otros intervinientes. Y por otro, admitir que ningún dispositivo
capaz, por complejo que éste sea, agota las conexiones posibles entre sus
partes. De algún modo siempre quedan huellas de lo que no se pudo integrar,
indicios de futuros no realizados que sobreviven en detalles menores, en
pequeñas anomalías de uso, en desplazamientos mínimos entre la materia y el
tiempo. La totalidad deja de ser un pleno sin fisuras y se revela como un campo
tensado entre fuerzas de cierre y fuerzas de apertura, entre la voluntad de
orden y la insistencia de lo impredecible.
Las advertencias de la
fenomenología insisten en que sólo una experiencia que admite pausas, demoras y
densidades diversas puede configurar un mundo habitable y real, y no una mera
superficie transitada. Desde otra interpretación, las críticas a la
automatización integral del pensamiento recuerdan que la promesa de eliminar la
incertidumbre equivale a proscribir la posibilidad misma de la acción genuina. Si
todo está decidido, sólo queda obedecer. La totalidad que importa no sería
entonces la que garantiza una seguridad sin fisuras, sino aquella que conserva
huecos suficientes como para que algo inesperado todavía pueda aparecer.
Esta perspectiva sugiere una ética
de la totalidad como práctica de medida y de interrupción. Medida, porque cada
decisión de escala, de duración o de geometría no sólo resuelve un problema
técnico, sino que fija qué porción de realidad será considerada relevante y qué
se perderá en la penumbra de la exclusión. Interrupción, porque frente al
automatismo de las soluciones inmediatas conviene introducir umbrales de
lentitud donde la totalidad todavía pueda rectificar su curso, suspender su
inercia y revisar qué se estaba descartando por ganar rapidez. En esa
combinatoria, la capacidad crítica podría dejar de aspirar a emitir juicios
definitivos y pasar a operar como una práctica diletante que detecta los puntos
de exceso o de carencia, los lugares donde la totalidad se ha vuelto demasiado
cerrada o demasiado dispersa.
Tal vez valga la pena sustituir la
vieja imagen del todo por la de un mapa en permanente corrección, donde
cada nueva traza altera levemente la figura general sin culminarla nunca. Las
totalidades deberían ser provisionales, configuraciones suficientemente
coherentes como para orientarnos, pero lo bastante porosas como para admitir
revisiones sin colapsar. En un tiempo que se aferra a la ilusión de una
realidad sin vacíos la tarea eficaz podría consistir en defender la existencia
de huecos deliberados, de escalas intermedias, de ritmos no optimizados. No
para celebrar la fragmentación como un fin en sí mismo, sino para recordar que
toda experiencia de mundo necesita, además de estructura, zonas de
indeterminación donde la totalidad deje de ser un límite y vuelva a ser una
posibilidad.



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