and architecture, hand made architecture

30 de mayo de 2026

Complejidad

 

Homenaje a Edgar Morin

Simplificar tiene un coste oculto, lo que se elimina para ganar claridad suele ser precisamente lo que mantenía unido el conjunto. La complejidad no nombra el desorden ni ampara la oscuridad, reconoce que la realidad se organiza mediante vínculos que ninguna disciplina aislada puede agotar. Cada vez que se traza una línea para separar lo que pertenece al análisis de lo que se considera ruido, se toma una decisión que es sapiente antes que técnica. Y esa decisión, silenciosa, define ya el alcance de todo lo que puede llegar a pensarse.

La arquitectura ha practicado durante décadas una elegante forma de reducción. Ha separado la forma de la materia, el programa del habitar, la técnica de la memoria, como si cada dominio pudiera resolverse en sí mismo antes de integrarse con los demás. El resultado ha sido, con frecuencia, obras impecables en su coherencia interna y extrañas en su relación con el mundo. Lo que Morin denominaba Unitas multiplex, la unidad que sostiene la diversidad en lugar de aplanarla, sugiere que un proyecto verdaderamente exigente se mide por la habilidad con que incorpora las tensiones sin que el conjunto se deshaga, más que por la pulcritud con que las suprime. La complejidad bien entendida calibra el umbral a partir del cual reducir una tensión equivale a empobrecer la respuesta.

En el pensamiento creativo, la misma dinámica aparece disfrazada de una disputa más trivial, la que enfrenta intuición y racionalidad como si fueran facultades incompatibles. La intuición actúa rápido, conecta sin explicar, propone sin justificar. La razón verifica, ordena, desconfía. Pero esa separación es en sí un acto de pensamiento simplificador. La primera imagen que surge en la práctica llega cargada de experiencia sedimentada, de patrones aprendidos, de fracasos absorbidos. Y la verificación racional que la sigue está orientada por una preferencia que ya eligió qué merece ser comprobado. Ambos movimientos se retroalimentan en bucle, y lo que llamamos decisión es el punto en que ese rizo se estabiliza lo suficiente como para poder actuar.

La dificultad reside en mantener activo ese resorte iterativo el tiempo suficiente para que ninguna de las dos facultades clausure prematuramente el proceso. El pensamiento que cede demasiado pronto a la primera evidencia racional pierde la capacidad de ser sorprendente. El que se entrega a la intuición sin someterla a fricción alguna termina reproduciendo lo que ya sabe. El proyecto que merece ese nombre es el que sabe habitar esa inestabilidad sin anularla, el que convierte la irresolución temporal en una herramienta de afinación. La complejidad, al fin, pide ser sostenida con precisión suficiente como para que algo inesperado todavía pueda aparecer en ella.

La incertidumbre es una condición estructural de todo sistema que evoluciona, y reconocerla como tal cambia radicalmente la postura desde la que se piensa. Quien actúa desde la certeza administra un inventario de soluciones conocidas. Quien resuelve desde la incertidumbre acepta que el problema que tenía al comenzar ya se ha transformado al terminar, y que esa diferencia es el signo de que algo verdadero ha ocurrido en el proceso. Los sistemas complejos se estabilizan construyendo estructuras lo suficientemente robustas para incorporar el azar sin desestructurarse. La incertidumbre, así entendida, obliga al quehacer a ser más honesto sobre sus propios límites, y esa honestidad es ya una forma de rigor.

El pensamiento sistémico extiende esa lógica más allá del objeto. Todo resultado forma parte de una red de relaciones, climáticas, sociales, temporales, afectivas, que lo preceden y seguirán transformándolo después de que quien lo concibió haya dejado de intervenir. Ignorar esa red la convierte en una variable que actuará sin haber sido considerada. La arquitectura que asume su condición sistémica aspira a la intervención que sabe dónde termina su control y dónde comienza la responsabilidad de lo que escapa a él. Eso requiere una forma más rigurosa de precisión, la que incluye en su cálculo la existencia de todo aquello que el cómputo no alcanza.

De esa conciencia emerge una dimensión ética. Toda decisión de forma es también una decisión sobre qué porción de realidad se considera relevante y qué se descarta, proyectar es, en ese sentido, un acto de poder sobre lo que permanecerá y sobre lo que quedará en la penumbra. Una ética de la complejidad exige, modestamente, que quien decide sea consciente de los criterios con que reduce, de lo que elige no ver para poder actuar con claridad. Ese grado mínimo de lucidez sobre la propia simplificación es lo que distingue el pensamiento responsable del meramente eficiente. La complejidad, en su dimensión más profunda, plantea una pregunta sobre cómo se habita el mundo con honestidad suficiente para distinguir el orden que uno impone del orden que las cosas reclaman.