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11 de febrero de 2026

Totalidad

 


Lo que cuenta como mundo no es sólo la suma de todo lo que hay, sino la forma concreta en que decidimos qué queda dentro del marco y qué se desvanece en los márgenes. Cada época fabrica su propia idea de lo universal, a veces como horizonte de sentido compartido, otras como promesa tecnológica de captura exhaustiva, y otras como sospecha de que todo incómodo cierre podría ser una mutilación. Hoy la totalidad ya no se presenta como un sistema filosófico compacto, sino como una interfaz ubicua, en la que plataformas y flujos de datos que simulan abarcarlo todo van silenciando la pregunta de lo no inmediato.

La cultura digital ha sofisticado la vieja aspiración de convertir la totalidad en un inventario sin restos desaprovechados. Motores de búsqueda, cartografías globales, gemelos digitales, prometen un mundo completamente indexado, donde toda excepción sería un fallo del sistema. Sin embargo, esa supuesta completitud exige el sacrificio de acelerar la lectura hasta que ninguna diferencia llegue a incomodar, simplificar los matices para que la experiencia pueda ser absorbida sin resistencia. El resultado es una nueva forma de superstición por la que la falta de fe en determinadas fuerzas ocultas, sino la confianza automática en que lo que aparece en nuestras superficies brillantes, agota lo que verdaderamente importa. Frente a ello, la crítica podría tomar como tarea algo más ambicioso que la representación total, sino la identificación de aquellos restos en los que la totalidad se resquebraja.

Pensar la totalidad exige entonces una doble operación. Por un lado, reconocer que toda forma, todo proyecto, se inscribe en un campo más amplio de decisiones tomadas previamente, en otras escalas, por otros intervinientes. Y por otro, admitir que ningún dispositivo capaz, por complejo que éste sea, agota las conexiones posibles entre sus partes. De algún modo siempre quedan huellas de lo que no se pudo integrar, indicios de futuros no realizados que sobreviven en detalles menores, en pequeñas anomalías de uso, en desplazamientos mínimos entre la materia y el tiempo. La totalidad deja de ser un pleno sin fisuras y se revela como un campo tensado entre fuerzas de cierre y fuerzas de apertura, entre la voluntad de orden y la insistencia de lo impredecible.

Las advertencias de la fenomenología insisten en que sólo una experiencia que admite pausas, demoras y densidades diversas puede configurar un mundo habitable y real, y no una mera superficie transitada. Desde otra interpretación, las críticas a la automatización integral del pensamiento recuerdan que la promesa de eliminar la incertidumbre equivale a proscribir la posibilidad misma de la acción genuina. Si todo está decidido, sólo queda obedecer. La totalidad que importa no sería entonces la que garantiza una seguridad sin fisuras, sino aquella que conserva huecos suficientes como para que algo inesperado todavía pueda aparecer.

Esta perspectiva sugiere una ética de la totalidad como práctica de medida y de interrupción. Medida, porque cada decisión de escala, de duración o de geometría no sólo resuelve un problema técnico, sino que fija qué porción de realidad será considerada relevante y qué se perderá en la penumbra de la exclusión. Interrupción, porque frente al automatismo de las soluciones inmediatas conviene introducir umbrales de lentitud donde la totalidad todavía pueda rectificar su curso, suspender su inercia y revisar qué se estaba descartando por ganar rapidez. En esa combinatoria, la capacidad crítica podría dejar de aspirar a emitir juicios definitivos y pasar a operar como una práctica diletante que detecta los puntos de exceso o de carencia, los lugares donde la totalidad se ha vuelto demasiado cerrada o demasiado dispersa.

Tal vez valga la pena sustituir la vieja imagen del todo por la de un mapa en permanente corrección, donde cada nueva traza altera levemente la figura general sin culminarla nunca. Las totalidades deberían ser provisionales, configuraciones suficientemente coherentes como para orientarnos, pero lo bastante porosas como para admitir revisiones sin colapsar. En un tiempo que se aferra a la ilusión de una realidad sin vacíos la tarea eficaz podría consistir en defender la existencia de huecos deliberados, de escalas intermedias, de ritmos no optimizados. No para celebrar la fragmentación como un fin en sí mismo, sino para recordar que toda experiencia de mundo necesita, además de estructura, zonas de indeterminación donde la totalidad deje de ser un límite y vuelva a ser una posibilidad.